Moldeando mi destino

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Este tema me toca profundamente porque si hay algo que siempre cuestioné fue a mi cuerpo. Nunca estaba conforme, siempre...
14/08/2024

Este tema me toca profundamente porque si hay algo que siempre cuestioné fue a mi cuerpo. Nunca estaba conforme, siempre me criticaba, me comparaba con otras personas y buscaba la perfección.

Hoy, con 37 años, me cuestiono por qué nunca valoré el cuerpo preciado que Dios me dio, por qué no lo cuidé como se merecía, por qué no supe apreciar que lo único perfecto es el maravilloso funcionamiento de nuestro sistema, de nuestro cuerpo.

Desde que escuché hace unos años que nuestro cuerpo es nuestro templo, me puse a pensar en que nunca lo había tratado como tal, que lo había maltratado quejándome si tenía un kilo de más, si la piel era muy blanca, si tenía pocas lolas, si mi pelo era muy fino, si tenía lunares, etc. También lo había descuidado al no alimentarme saludablemente, no haciendo actividad física, teniendo una vida más sedentaria, entre otros ejemplos que puedan surgir. 

Se me presenta como un desafío cambiar el chip, dejar de compararme con otros, y tratarme con amor y respeto, pero hoy soy consciente de que en esta vida estoy moldeada de esta forma y es perfecta como es. 

¿Qué apreciación tenés vos de tu cuerpo?

La queja me acompañó en cada momento de mi vida, creo que era la excusa perfecta para poder culpar a los demás hasta de ...
12/08/2024

La queja me acompañó en cada momento de mi vida, creo que era la excusa perfecta para poder culpar a los demás hasta de mis propias decisiones. Siempre me quejaba de todo y no podía ver el vaso medio lleno de nada.

Cuando pude tomar la iniciativa de irme a vivir sola, también tuve que asumir la responsabilidad de hacerme cargo de absolutamente todo, hasta de mí misma. Para empezar, no tenía ni un plato, ni cama, ni mesa, ni escoba. Lo único que tenía eran mis libros y mi ropa. Dependía de mí aprender a administrarme económicamente para ir comprándome poco a poco todo lo que creía que necesitaba para vivir cómodamente y ese fue un desafío tremendo porque, por ejemplo, si llegaba a elegir un mueble y después no me gustaba o no combinaba ¿A quién iba a culpar si había sido mi elección?

Mientras leía el libro “Deja de ser tú” de Joe Dispenza, hubo una pregunta que me invitó a reflexionar otra vez sobre la queja, y la pregunta decía así: “¿Por qué esperas que te ocurra algo distinto en la vida si cada día tenés los mismos pensamientos, actúas de la misma manera y sentis las mismas emociones?”. Automáticamente me puse a pensar en que la queja seguía acechándome porque quería algo distinto en mi vida, pero no hacía nada por cambiarlo. Me sentía agobiada mentalmente por tener tantos pensamientos catastróficos, pero no buscaba distraerme con actividad física, yoga o meditación. Me quejaba de que no tenía vida social, pero a la vez no tenía motivación para hablar con nadie. Me quejaba por sentirme insegura, pero no era capaz de ver y agradecer todo lo que había logrado en el último tiempo. 

Hoy me pongo a pensar en que quizás no tengo que pensar tanto las cosas, y sí tengo que relajarme y disfrutar de la vida misma y sus procesos, de sus incertidumbres, de sus sorpresas y desafíos. Tengo que dejar de querer tener el control de todo y de todos. 

Otra frase que me gustó, es una que tomó prestada Pilar Sordo en el libro “Del amor propio al amor al otro”, que es de Humberto Maturana y que me encantó: “Es un derecho humano cambiar de opinión”. 

¿A vos te hizo ruido esa frase? 

Hace poco tiempo, quizás por casualidad o porque el universo quería que me sintonice con esa frecuencia, empecé a escuch...
10/08/2024

Hace poco tiempo, quizás por casualidad o porque el universo quería que me sintonice con esa frecuencia, empecé a escuchar un podcast que se llama “Yo pude, tú puedes” de en .
No recuerdo el primer episodio que escuché, pero fue tan atrapante que me llevó a querer escucharlos todos, desde el más antiguo publicado en 2020, hasta la actualidad. Tengo que aclarar que desde este año, se sumó .pasos también.

La cuestión es que esa mujer, con todo lo que decía, me hizo sentir que yo también podía hacerle frente a los ataques de ansiedad, pánico y depresión, y vivir una vida más tranquila conmigo misma y con el mundo. Una de las frases que más me hizo ruido fue que “la persona con la que más hablamos es con nosotros mismos”. Todo el tiempo estamos pensando, analizando situaciones del pasado, imaginando escenarios sobre el futuro, o tratando de descifrar lo que cada persona piensa sobre nosotros. Pero, de qué manera nos hablamos… ¿desde el amor o la crítica?

En el podcast y también en su libro, ella llama a la reflexión diciendo “Si tu mejor amiga te hablara como tú te hablas a ti misma ¿Todavía serían amigas?” Y ahí me di cuenta que mi diálogo conmigo misma era de terror. La persona más crítica, poco considerable, menos amorosa y respetuosa, dura, poco empática, pesimista y todo lo negativo que se pueda ocurrir, era yo conmigo misma. ¿En qué momento podía llegar a ver mis cualidades si todo el tiempo me hablaba tan mal? ¿En qué momento podría llegar a ser mi mejor amiga si todo el tiempo era tan horrible?

Me pongo a pensar en que hace unos años tomé conciencia de la importancia de hablar solo si lo que voy a decir es edificante para la otra persona y que no se vea afectada/o por mi comentario. Pero qué pasa cuando me hablo a mí misma, ¿no soy igual de consciente del mal que me puedo generar? ¿Acaso tan poco me importo que no soy más respetuosa conmigo misma?

Te invito a que me comentes por acá o por mensajito privado, cómo es tu diálogo con vos misma/o.

Desde hace un tiempo se le viene dando mucha importancia al cuidado de la salud mental y tengo que decir que desde chica...
08/08/2024

Desde hace un tiempo se le viene dando mucha importancia al cuidado de la salud mental y tengo que decir que desde chica fui muy latigante conmigo misma, creo que era mi peor enemiga y no tenía consciencia del mal que me provocaba a mí misma.

Hace cuatro años mi mente ya no pudo más con el nivel de exigencia y perfección que le demandaba todo el tiempo y colapsó. Con mucho pesar, pero asumiendo mi responsabilidad, tuve que aceptar que necesitaba de medicación para poder volver a equilibrar mi mente, ya que la ansiedad y la depresión habían invadido mi ser. No fue fácil asumir que ya no tenía el control sobre mis emociones y mis pensamientos, y que algo superior e imaginario estaba creando un caos infernal en mi mente y en mi cuerpo. Es increíble el poder de autodestrucción y la cantidad de pensamientos catastróficos que podemos llegar a tener y que generan miedo, incertidumbre, pánico, tensión corporal, taquicardia y estrés, entre otros.

Hoy, me esfuerzo por tomar más consciencia de cómo me hablo y cómo me trato. También, soy más precavida al momento de hacerle un comentario a otra persona y primero pienso ¿Es constructivo lo que voy a decir? y si no suma, no digo nada. Aprendí a escuchar más que hablar, y por ahora creo que me funciona bien.

Siempre tuve muchos aliados apoyándome en los momentos difíciles y esos aliados fueron los libros de autoayuda. La lectura de ese tipo de libros es una herramienta que super recomiendo.

¿Te animas a compartir el nombre de algún libro que haya hecho un click en tu cabeza?

Ya había mencionado que desde chiquita vivía enojada o llorando por algún motivo. En mi adolescencia el mal humor era mi...
30/07/2024

Ya había mencionado que desde chiquita vivía enojada o llorando por algún motivo. En mi adolescencia el mal humor era mi segundo nombre. Siempre inconformista, con muchos dolores corporales, deseando la vida que otros tenían, quejándome de todo. En fin, enojada con la vida. 

Desde que empecé con mi proceso de sanación hace cuatro años, obligadamente tuve que indagar más en mí y empezar a descubrir la raíz de ese enojo, de mis hábitos, de mis miedos e inseguridades, y de mis dolores corporales también. A veces mi dolor emocional era tan grande que mi cuerpo lo manifestaba a través de dolores físicos y para los médicos tradicionales nunca tenía nada. Fue ahí cuando entré en otro mundo completamente desconocido para mí: la medicina y terapias alternativas, como la biodescodificación, las constelaciones familiares, terapias bioenergéticas, astrología, reiki, numerología, osteopatía, acupuntura, etc.. 

Varias de esas terapias me ayudaron a ir comprendiendo que habían emociones que no me pertenecían a mí, sino que venían arrastrándose de generación en generación. Cuando encontré la raíz de mi enojo se lo pude devolver a la persona que le correspondía y me liberé. ¡Fue automático! Hoy ya no siento enojo por nada ni por nadie, aunque todavía sigo batallando con mis expresiones. Por ejemplo, mi sobrino de cuatro años me suele  decir “¿por qué tenés la cara enojada?”, lo que me hace pensar que todavía no pude enseñarle a mi cuerpo que ya no hay enojo, que se relaje y que se entere de que sonriendo soy más linda también.

Fui aceptando que vivimos en constantes cambios de ciclos emocionales, que un día estamos motivados y nos comemos el mundo, y otros estamos apagados, inseguros y en pausa. Mientras tanto, disfruto de ser mi mejor versión cada día porque sé que estoy dando lo mejor de mí para sanar y lograr la vida que deseo. Con mis acciones, con mi búsqueda espiritual y con mi compromiso conmigo misma, estoy manifestando la vida que siempre soñé tener. 

¿Vos sentís que hay hábitos o emociones que heredaste de tu familia? ¿Te animás a compartir cuáles son?

Todo lo que percibía de mi propia vida lo hacía a través de ojos que no me miraban con amor. Odié por mucho tiempo, y má...
26/07/2024

Todo lo que percibía de mi propia vida lo hacía a través de ojos que no me miraban con amor.
Odié por mucho tiempo, y más en mi adolescencia, cada parte de mi ser. Sentía rechazo por mi cuerpo, no me gustaba lo que veía en el espejo, no me gustaba mi forma de ser (enojada, malhumorada, solitaria), sentía mucha culpa, odiaba las sorpresas y era muy insegura de mí misma. Vivía un calvario dentro mío y no me animaba a hablar con mi familia para poner en palabras lo que mi cuerpo y mi mente manifestaban.

Todo ese odio tenía un origen y me llevó mucho tiempo entenderlo y sanarlo.
En mi infancia (6-7 años) fui víctima de un abuso por parte de un vecino, al cual mi familia y todos le teníamos mucha confianza. Yo estaba en su casa (porque siempre íbamos a jugar ahí con mis amiguitos y hermanos), y me dijo “tengo algo para mostrarte que te va a gustar" y yo toda ilusionada le dije “a ver, mostrame”. Este hombre, como 40 años mayor que yo, sacó su miembro y me lo mostró, y me dijo “ahora te toca a vos”. Yo me quedé paralizada porque jamás me hubiera imaginado lo que estaba pasando, y sentí una voz (que hoy sé que fueron mis ángeles) que me dijo: “Analía te llama tu mamá” y me fui corriendo a ver qué quería porque seguro se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. ¡Las mamás lo saben todo!, pensé. Cuando llegué a mi casa, ella estaba baldeando el patio y le pregunté qué quería y me dijo “yo no te llamé”.

Tuve mucho miedo de decirle lo que me acaba de pasar. Tenía miedo de que me dejaran de querer, que me echaran de mi casa, que me dejaran sola, porque yo sentía vergüenza y culpa al haberle dicho “a ver, mostrame”. A los 22 años supe que los abusadores buscan que sus víctimas se sientan de ese modo para que no los delaten. Recién en ese momento le pude contar a mi mamá ese episodio. Pero no había terminado ahí mi trauma, porque yo seguía sintiéndome cómplice por no poner en alerta a la familia de ese tipo y que otros niños corran la misma mala suerte. A mis 33 años pude hablarle a esa familia -que le tengo mucho cariño- y contarles todo lo que había pasado. Me liberé, con llantos y dolor, me liberé.

Hoy busco reparar el daño que le causé a mi cuerpo por no saber respetarlo y amarlo. Me siento muy agradecida por el cuerpo que tengo, lo acepto y lo bendigo.
Mi alma se siente al descubierto, vulnerable por un capítulo de mi vida que me dejó marcada por todos estos años que pasaron, pero decreto que no va a determinar todos los años que vendrán.

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