21/07/2026
El caballo
de Troya de Morena, llamada Esthela Damián.
El quejumbroso de Guerrero.
Roberto Santos // Mientras La Odisea vuelve a conquistar las salas de cine y el legendario caballo de Troya recuerda que las ciudades no siempre caen por la fuerza, sino por aquello que dejan entrar creyendo que es un regalo, en Guerrero parece estarse construyendo una versión muy mexicana de esa vieja estrategia.
No llega montada sobre ruedas de madera, sino sobre bardas pintadas, microperforados, vinilos, carteles y una narrativa diseñada para abrir las puertas del poder desde dentro de Morena.
Si alguien decidió brincar las cercas legales antes de que siquiera iniciara formalmente el proceso interno del partido, esa fue Esthela Damián.
Mientras Morena insiste en que habrá reglas, tiempos y piso parejo, Guerrero ya amaneció tapizado con propaganda cuyo volumen difícilmente puede calificarse como espontáneo.
La austeridad republicana terminó convertida en una campaña de posicionamiento digna de una marca trasnacional.
En estos tiempos, la austeridad ya no se mide por el gasto, sino por la creatividad para negar los gastos millonarios.
Quien cree que puede adelantarse a las reglas, suele pensar también que las reglas están hechas solo para los demás.
La paradoja es que el principal activo que intenta vender no resiste una revisión mínima.
Esthela Damián se presenta como la candidata de la presidenta Claudia Sheinbaum, como si su paso por Palacio Nacional hubiese sido una escalera de éxitos. Pero la memoria suele ser más terca que el marketing.
Su salida de la Consejería Jurídica de la Presidencia no estuvo precedida por un triunfo político, sino por uno de los episodios más incómodos para el nuevo gobierno: la fallida reforma electoral.
Una iniciativa que terminó atorada no sólo por la oposición, sino también por las reservas de partidos aliados y voces dentro del propio oficialismo.
Aquella exposición en PowerPoint, que incluso exhibió errores ortográficos, terminó simbolizando el descuido con el que se condujo una de las reformas más importantes del inicio del sexenio.
Su regreso a Guerrero no fue precedida precisamente por una historia de éxito.
Se sabe que la mandataria mexicana pensaba mandarla a ocupar la secretaría de Elecciones de Morena, cargo que quedó vacante cuando se perfilaba la salida de Andy López Beltrán.
Sin embargo, en lugar de consolidarse en la estructura nacional del partido, decidió mirar hacia Guerrero.
Y aquí comienza la verdadera historia.
Porque mientras su narrativa insiste en vender una militancia de izquierda desde la infancia, la construcción política que hoy la sostiene cuenta otra versión.
El relato asegura que acompañaba a su padre a recorrer comunidades con ideales progresistas. Sin embargo, su padre militó en el Partido Acción Nacional. Nadie puede cuestionar que una persona cambie de convicciones; la política mexicana está llena de conversiones ideológicas.
Lo cuestionable es reconstruir la biografía para ajustarla a las necesidades de una campaña.
La izquierda también exige congruencia con la memoria.
Y esa congruencia vuelve a desdibujarse cuando se observa quiénes integran el núcleo de su proyecto político.
Buena parte de su estructura está conformada por viejos cuadros priistas, algunos personajes identificados con el grupo Figueroa, operadores reciclados y políticos que durante décadas combatieron precisamente al movimiento que hoy dicen representar.
Ahí es donde la metáfora deja de ser literaria para convertirse en política.
El caballo de Troya no era peligroso por su apariencia, sino por lo que llevaba oculto en su interior. En Guerrero, ese caballo parece construirse con madera priista, cubierto de guinda y presentado como la renovación del movimiento. Cambiaron el emblema; no necesariamente las prácticas.
El problema no es que haya expriistas en Morena. El movimiento, por definición, ha incorporado perfiles provenientes de distintas corrientes.
El problema aparece cuando esos grupos pretenden apropiarse del partido desplazando precisamente a quienes construyeron la izquierda guerrerense durante décadas.
No se conquista un movimiento ocupándolo como si fuera territorio enemigo.
Hay otro detalle que tampoco ayuda.
Guerrero no es una plaza que pueda entenderse únicamente desde la lógica del centro del país. Tiene historia, agravios, memoria política y una compleja red de liderazgos sociales.
Pensar que una campaña millonaria puede sustituir el arraigo revela más soberbia que conocimiento del estado.
Esa desconexión también se refleja en la escasa empatía mostrada frente a causas profundamente sensibles, como la lucha de las madres buscadoras.
En una entidad marcada por las desapariciones, la cercanía con las víctimas no puede ser un accesorio de campaña ni un acto protocolario. Es una obligación ética para cualquiera que aspire a gobernar.
Pero quizá el daño mayor no recaiga sobre una aspiración personal.
Recae sobre el propio proceso interno de Morena.
Cuando una aspirante se adelanta sin pudor, inunda el estado de propaganda, deja correr la versión de que cuenta con el respaldo presidencial y actúa como si la candidatura ya estuviera resuelta, el mensaje para la militancia resulta devastador: participar sería apenas cumplir con un trámite porque el desenlace ya estaría escrito.
Eso deslegitima cualquier ejercicio democrático.
Morena nació denunciando las imposiciones, el uso desmedido del dinero, el influyentismo y las viejas prácticas del régimen que prometió sustituir. Reproducirlas desde dentro representa una contradicción demasiado costosa.
Como escribió Carlos Monsiváis, la realidad mexicana suele superar cualquier caricatura. Y en Guerrero la caricatura empieza a dibujarse sola: un caballo de Troya construido con madera priista, cubierto con pintura guinda y empujado por una propaganda que parece no conocer límites.
Troya no cayó por el caballo, sino porque hubo quienes confundieron la ambición con el destino y decidieron abrir las puertas sin preguntarse qué llevaba dentro.
Morena haría bien en recordar esa lección. Los movimientos rara vez son derrotados por sus adversarios; casi siempre comienzan a extraviarse cuando permiten que la imposición se disfrace de lealtad, el marketing suplante a la congruencia y el viejo régimen entre por la puerta principal vestido con colores nuevos.