13/08/2026
Antes de probar algo, ya hemos decidido a qué sabe.
Hay un estudio que me tiene enganchada: sirvieron el mismo café en una taza blanca y en un vaso de cristal. La gente lo describió distinto. En la blanca, más intenso y menos dulce. En el cristal, más dulce.
El café era idéntico. Lo único que cambió fue lo que veían los ojos.
La explicación es el contraste: sobre el blanco, el café se ve más marrón, y asociamos el marrón oscuro al amargor. La decisión estaba tomada antes de probarlo.
Y esto no va solo de café. Va del envase, del precio, del nombre, de la historia que nos cuentan antes de probar nada. El contexto no cambia el producto, pero cambia lo que percibimos de él.
Lo que me parece interesante es dónde está la línea. Cuidar la presentación es legítimo. Usarla para tapar lo que hay dentro, ya no. Porque el efecto de la taza es pequeño y se agota rápido: si el café es malo, ninguna puesta en escena lo salva.
¿Hasta qué punto crees que compramos el producto y hasta qué punto la historia que lo envuelve?