16/03/2026
Ella es mi mamá.
Muchos la conocieron como la Suu, Susana, Aurora, Aurorita, o la Lala, para sus nietos y para los amigos de sus nietos, que muchas veces también la adoptaron.
En esta foto yo tengo seis años y mi mamá 39.
La misma edad que tengo yo hoy.
Y no tengo idea de qué pasaba por su cabeza en ese momento.
Solo sé que tenía muchísimas responsabilidades.
Por muchos años también fue muy fácil reconocerla:
su bronceado intenso, el pelo platinado, los lentes, los labios siempre pintados y muchas cadenas, anillos y aros.
Tenía una presencia muy suya, muy marcada.
Con mi papá formaron un equipo increíble.
Tenían la familia que soñaban. No la familia perfecta para mostrar, sino la que ellos querían construir.
Era una familia donde las cosas se decían.
Y si no se decían… se notaban.
Hoy miro esta foto y pienso en todo lo que mi mamá sostenía en ese momento.
Tenía hijos en distintas etapas de la vida: algunos ya grandes, otros empezando a hacer su camino, y también hijos todavía chicos.
(Algo muy parecido a lo que hoy me toca a mí).
-“Esa sincronicidad me conmueve”.
Y aun así ella se las ingeniaba para estar para todos.
No era una mamá que te la careteaba (pero ni un poquito).
Si algo no le gustaba, te lo decía.
Y te lo hacía sentir.
Durante mucho tiempo fue una mamá difícil para mí. Distinta.
Hoy entiendo que esa diferencia dejó huellas.
Y también entiendo algo más:
quizás elegí ser distinta porque crecí con alguien que me enseñó que cada uno tiene que encontrar su propia manera de ser.
Y sí… estaba medio loca, mamá.
Pero qué loca hermosa.
Gracias, mamá.
Por abrirme la puerta.
Y también la cabeza.