20/06/2026
Por suerte la cosa no pasó a mayores. Mientras algunos me querían pegar por una pavada, otros tantos me defendían con uñas y dientes. Pero yo, lejos de la pelea, solo tenía una cosa en la cabeza: la carta.
¿La habrá enviado o no?
Esa duda me carcomía más que el hambre del mediodía. Me tenía intranquilo, en vela, imaginando mil finales y ninguno feliz.
Unos días después de aquel episodio, nos llevaron a Campo de Mayo para la famosa instrucción: 45 días a pan y agua —bueno, pan duro y mate lavado— todos en carpas para dos. A mí me tocó compartirla con un muchacho de Capital Federal. ¡Buenísimo el flaco! Inteligente, de esos que te explican lo inexplicable sin que te des cuenta. Él me hablaba de colectivos, avenidas, subtes y semáforos, y yo le contaba de mi pueblito, con sus calles de tierra, el almacén de Don Tito y el gallo de la vecina que cantaba a las tres de la mañana como si fueran las ocho.
La instrucción fue dura de verdad, pero también tuvo sus momentos inolvidables. Los viernes por la noche hacíamos fogones, y ahí se armaba la verdadera fiesta. Cantábamos, contábamos anécdotas, y lo mejor de todo: imitábamos a nuestros superiores. ¡Había unos que eran unos desgraciados para imitar! Pero desgraciados de buenos.
El cabo Acosta, el sargento Ruiz, el teniente Chiprieto, el capitán Salbatierra... ninguno se salvaba. Y lo más gracioso era que los propios oficiales y suboficiales se reían hasta que les dolía la panza. ¡Eran los primeros en aplaudir cuando se veían caricaturizados!
Los domingos eran días de esparcimiento. Hacíamos campeonatos de fútbol, de voley, de lo que pintara. Hasta carrera de embolsados con botas puestas hicimos una vez.
Durante la semana, al menos un día íbamos al polígono de tiro. De a poco, entre barro, risas y ampollas, empezábamos a parecernos un poco a soldados. Yo, al menos, terminé más flaco: bajé como siete kilos y quedé más ágil que una liebre en campo abierto.
Al regresar al regimiento, después de un almuerzo que parecía comida de verdad —porque hasta tenía gusto—, nos dieron la gran noticia: una semana de licencia.
¡Una semana! La alegría fue tal que uno se puso a llorar como cuando rompia una botella de aceite, pero al revés.
Yo sabía que no iba a llegar muy lejos —mi casa quedaba como a un mundo de distancia— pero mi compañero de carpa, generoso como él solo, ya me había dicho:
—Si nos dan franco, venite a mi casa, no hay drama.
Y yo, con el corazón agrandado como sapo de otro pozo, acepté.
Mientras nos terminaban las cédulas militares, un oficial nos daba indicaciones como si fuéramos embajadores:
—Comportamiento ejemplar, caballeros. Y si alguno tiene lugar en casa, lleve a un camarada que viva lejos.
Y ahí mismo nos ordenaron ir a bañarnos. Salimos todos corriendo a las duchas, felices como perro en carnicería. Todo eran chistes y carcajadas… pobre del que se le cayera el jabón —¡ay mamá!, lo que se escuchaba ahí no era para oídos inocentes.
Salimos limpios y perfumados como para un cumpleaños de quince, cuando nos formaron en fila. Pero justo pasó otro oficial y, al ver varias barbas rebeldes, nos mandó a todos de vuelta a afeitarnos.
A la salida, nos revisaban la pera con un cartoncito. Sí, ¡un cartoncito! Y si raspaba, otra vez adentro.
¡Entrábamos y salíamos como si estuviéramos en un boliche sin documento! Ya estábamos hartos de tanto rasurar hasta el alma.
Finalmente, llegó un oficial con todas las cédulas. Gritó "¡Atención!" y empezamos a desfilar rumbo al portón de salida. Él marcaba el paso:
—¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda! ¡No escucho el taco!
Y justo cuando estábamos por salir, nos paró en seco:
—¡Desfilaron mal! Media vuelta... ¡y a la cuadra!
Así nos hizo dar como cinco vueltas completas, como si estuviéramos en un carrusel militar. Nosotros, con la bronca en la garganta, pero también con un poco de risa porque la escena era tan absurda que parecía escrita por Olmedo y Porcel.
Hasta que en una vuelta, por milagro de Dios, ¡salimos!
Pisamos la calle como si hubiéramos cruzado la frontera de la libertad. Una vez que cruzamos el portón del cuartel, sentí que algo en mí se soltaba. Era la libertad.
No quería ni mirar para atrás, por miedo a que alguno cambiara de opinión y nos hicieran volver. Caminaba con paso firme, pero con el alma como flotando... hasta que, sin pensar, me abracé a un árbol.
Sí, a un árbol.
Es el día de hoy que todavía no entiendo por qué lo hice.
Y cuando miro a mi amigo, él estaba igual... abrazado a otro árbol.
Nos miramos, nos reímos, y seguimos caminando como dos locos sueltos por la ciudad.
Llegamos a la parada y tomamos el 68... o el 152, no me acuerdo bien. Lo que no me olvido es que el chofer nos miró, nos vio vestidos de soldados y nos dijo con una sonrisa:
—Pasen nomás, sin boleto.
Y nos dejó subir. Así, de una.
Ese gesto simple me tocó el corazón.
Subimos a un edificio alto, tomamos el ascensor hasta el noveno H, y nos abrió la madre de mi amigo. Apenas lo vio, empezó a gritar y a llorar.
¡Sesenta y pico de días sin noticias!
Y él, ahí nomás, a unas treinta cuadras.
Yo pensaba en mi vieja, allá lejos, a más de mil kilómetros.
Y entendí que en ese tiempo de distancia había aprendido a quererla más. A valorar todo: su comida, sus rezongos, sus silencios, y hasta sus mates tibios.
Entramos al departamento y la hermana, un poco menor, al verlo se largó en llanto. Gritaba, lo abrazaba, zapateaba como si fuera un malambo de emoción. Los perros se sumaron al festejo moviendo la cola y ladrando de alegría.
Y yo... yo era un testigo mudo.
Observaba todo aquello con una mezcla de ternura y una sana envidia. Porque eso no me pasaba a mí.
Mi amigo me presentó y explicó que venía de lejos, que no tenía familia cerca. Me saludaron con cariño y me invitaron a sentarme. La empleada apareció como una bendición: una picada con fiambres, aceitunas y una Coca bien fría.
No sé si era el hambre o el cariño del momento, pero todo me pareció delicioso.
Ya más tranquilos, empezaron a preguntarme cosas: de dónde era, cómo era mi familia, qué hacía en mi pueblo. Me escuchaban con atención, con curiosidad sincera.
Después llegó el padre.
Entró, vio al hijo y se quedó paralizado. Luego se acercó, lo abrazó y nos dijo que esa noche... ¡cenábamos afuera!
Me dieron un cuarto solo para mí. ¡Un lujo! Tenía cama grande, frazada suave y hasta televisor.
Fuimos a cenar a un restaurante fino. La mitad de los platos no los conocía, ni de nombre.
Pero igual me animé. Probé de todo.
Y la verdad: ¡estaban riquísimos!
Comí como si nunca hubiera visto un mantel blanco.
Durante toda esa noche, mientras reía y agradecía, mi cabeza seguía allá lejos.
En mi familia.
En esa carta.
¿La habrán recibido? ¿La habrán leído en ronda, como hacíamos con las noticias del pueblo?
Pero esta vez era distinto.
Ya no era solo esperanza: ahora iba a escribir otra carta, con otra letra, con otro corazón.
Los nueve días fueron espectaculares. Me hicieron conocer la ciudad, los parques, los negocios grandes, los colectivos que parecían trenes.
Pero como todo lo bueno, llegó el final. El lunes, al toque de diana, faltaban cuatro colimbas.
¡Mamita querida, qué semana nos hicieron pasar!
Hasta que los encontraron y los trajeron. Se comieron tres meses de calabozo. Y creo que fue lo mejor, porque el resto de la cuadra los quería hacer picadillo.
Ahí empezamos con las guardias y las imaginarias.
Mi primera guardia fue el jueves.
Nos avisaron que los que no tuvieran guardia ni imaginaria, podían salir el viernes y volver el lunes.
Muchos colimbas eran de familias con plata. Uno, sabiendo que yo era del interior, me ofreció que si le cubría la guardia del sábado me daba plata.
—Es como si fueran cincuenta mil pesos —de ahora.
Lo pensé. Para mí era una fortuna. Le dije que sí.
Otro me pidió que le cubriera la imaginaria del domingo, por treinta mil. También acepté.
La única condición era que me pagaran antes.
Y así fue.
¡Qué manera de hacer plata, hermano!
Cuando juré la bandera tenía ahorrado lo suficiente para volver a mi pago, comprarme ropa nueva y llevar regalitos para todos.
Después del juramento nos dieron ¡28 días de licencia!
Y ahí sí… empezó otra historia.
CONTINUARÁ…