Las fiestas de mis pueblos

Las fiestas de mis pueblos Información de contacto, mapa y direcciones, formulario de contacto, horario de apertura, servicios, puntuaciones, fotos, videos y anuncios de Las fiestas de mis pueblos, Tigre.

Las fiestas de mis pueblos
Reseña: recordar nuestra niñez, los sabores, los aromas, las tradiciones, las comidas, el clima, y no olvidar a aquellas personas que pasaron por nuestras vidas y hoy ya no están.

Los días de lluvias no se discutían, eran los días de las tortas fritas y si en en algún bolsillo había algo de dinero s...
14/08/2026

Los días de lluvias no se discutían, eran los días de las tortas fritas y si en en algún bolsillo había algo de dinero se cambiaba por algún kilo de mortadela. El recuerdo es tan fuerte que me invade de ese hermoso aroma, que por más que este en la pieza el olor se colaba entre las cortinas que hacían de puerta. Hoy aún muchos años después recuerdo a mi madrina que hacía las tortas más redondas y grande y aunque las hacía temprano y no iban con mortadela si podías sentir la mezcla de aromas con el café con leche, menos para mi padrino que el las hacía correr con mate cocido del bueno no de ese que hoy ya vienen en saquitos. Estoy recordando porque el tiempo está como mi recuerdo a punto de llover. Me disculpan voy a buscar un kilito de Mortadela.

Buen día, no se si a ustedes, pero a mi me mimaban así, una bandeja de chicharrón con pan casero. Los viernes visitar a ...
14/08/2026

Buen día, no se si a ustedes, pero a mi me mimaban así, una bandeja de chicharrón con pan casero. Los viernes visitar a mamá era todo un lujo, ella los preparaba para vender en la demotadora, en la textil y en los aserradero y su clientela era fiel porque era barato y además te permitía llegar bien a la hora del almuerzo y así ella juntaba una buena cantidad de grasa. Hoy pasaba una señora vendiendo pan con chicharrón y yo pensaba que eran panes con chicharrón adentro y no, era este producto y me hizo retroceder 50 años atrás. No sé qué pasó pero vieja te me viniste de una a mi mente y ahora mientras lo saboreo no dejo de pensar en vos

DE NUEVO ESTOY DE VUELTA…Después de tanta ausencia, después de tanto silencio y de tantas cosas que pasaron en este tiem...
14/08/2026

DE NUEVO ESTOY DE VUELTA…

Después de tanta ausencia, después de tanto silencio y de tantas cosas que pasaron en este tiempo, hoy vuelvo. Y vuelvo porque una vieja canción golpeó de repente en mi memoria y me hizo pensar en tantas cosas… En lo frágiles que somos, en lo poco que hace falta para que la vida cambie de un momento para otro, en cómo en cuestión de segundos todo puede darse vuelta y dejarnos sin saber para dónde seguir. Pero también pensé en algo mucho más importante. Pensé en nuestra capacidad de levantarnos. Porque así como la vida puede cambiar en un segundo, también en un segundo podemos encontrar la fuerza que creíamos perdida. Podemos ponernos de pie, sacudirnos el polvo, mirar hacia adelante y volver a empezar. Quizás no volvamos siendo los mismos. Quizás volvamos con algunas heridas, con alguna tristeza guardada en el alma, con más preguntas que respuestas y con muchas cosas que aprendimos a fuerza de vivir. Pero volvemos.
Y muchas veces volvemos mejores. Hoy siento que Dios me está dando una nueva oportunidad. Y si la vida nos regala una oportunidad para volver a empezar, no podemos desaprovecharla. Hay que agarrarla fuerte, con las dos manos, y caminar hacia adelante, aunque el camino no sea fácil. Por eso hoy estoy acá. Estoy de vuelta. Y vuelvo con el corazón más a flor de piel que nunca. Vuelvo con una alegría inmensa y con unas ganas enormes de encontrarme nuevamente con todos ustedes. Quiero saber cómo están. Quiero saber qué hicieron durante todo este tiempo. Quiero saber qué les pasó, qué alegrías tuvieron, qué dificultades atravesaron, qué personas llegaron a sus vidas y cuáles se fueron. Quiero volver a leer esas historias que tantas veces me hicieron sonreír y también aquellas que me hicieron emocionar. Porque aunque quizás muchos no lo sepan, ustedes fueron y siguen siendo una parte muy importante de este camino. Siempre se los dije y hoy se los vuelvo a decir: Ustedes me ayudaron muchas veces a atravesar mis propios pantanos. En esos momentos en los que uno siente que el camino se hace pesado, cuando parece que las fuerzas no alcanzan y que cuesta encontrar una salida, siempre aparece alguien del otro lado de esta pantalla con una palabra, un mensaje, un recuerdo o simplemente con su presencia. Y eso vale muchísimo. A veces uno cree que está contando una historia para los demás, pero con el tiempo descubre que esas historias también nos salvan a nosotros mismos. Cada recuerdo compartido, cada fotografía, cada historia de nuestros pueblos, cada anécdota de nuestros padres y abuelos, cada aroma de aquellas cocinas de antes, cada reunión familiar y cada costumbre que parecía perdida… todo eso nos vuelve a unir. Y quizás por eso regreso. Porque todavía tenemos mucho que contar. Todavía quedan recuerdos esperando ser rescatados del olvido. Todavía quedan historias de nuestros pueblos que merecen ser contadas. Todavía quedan nombres de personas que no podemos permitir que desaparezcan de nuestra memoria.
Y mientras escribo estas palabras, otra vieja canción vuelve a dar vueltas en mi cabeza. Una canción que habla de regresar, de volver para demostrar que uno sigue acá, que todavía está de pie, que todavía tiene voz y que todavía tiene mucho para dar. Y así vuelvo yo. Vuelvo con mis recuerdos. Vuelvo con mis historias. Vuelvo con mis pueblos. Vuelvo con mi gente. Vuelvo con esas palabras que muchas veces nacen de las noches largas, de las madrugadas silenciosas, de los encuentros, de las ausencias y de todas esas cosas que la vida va dejando escondidas en algún rincón del alma. Vuelvo con mis alegrías y también con mis tristezas. Con mis aciertos y mis equivocaciones. Con mis caídas y con las ganas de volver a levantarme una vez más. Porque hoy entiendo que quizás la vida sea justamente eso: caerse y volver a levantarse, perderse y encontrar nuevamente el camino, alejarse para después regresar con más fuerza.
Y hoy, después de tanta ausencia, puedo decirlo con el corazón: Estoy de vuelta. No sé cuánto tiempo habrá pasado para cada uno de ustedes. Pero para mí, este regreso se siente como volver a casa. A esa casa que uno quizás deja durante un tiempo, pero que nunca deja de sentir como propia. Y ustedes son parte de esa casa. Por eso hoy abro nuevamente esta puerta y los espero. Espero sus historias. Espero sus recuerdos. Espero sus mensajes. Espero saber que están bien. Y espero que, después de tanto tiempo, podamos volver a sentarnos juntos, aunque sea a través de estas palabras, como tantas veces lo hicimos. Así que cuéntenme…
¿Cómo están? ¿Qué hicieron durante todo este tiempo? ¿Qué les pasó en la vida? ¿Qué historias tienen para contarme? Yo estoy acá. Los voy a leer a todos. Y quizás, entre tantos mensajes, encontremos nuevamente aquellas historias que creíamos perdidas. Porque hay recuerdos que nunca mueren. Hay personas que nunca se olvidan. Hay pueblos que siempre viven en nuestra memoria. Y hay caminos que, por más lejos que nos lleven, siempre terminan trayéndonos de regreso. Y yo volví. Volví para seguir contando. Volví para seguir recordando.
Volví para seguir compartiendo. Pero, sobre todas las cosas… volví para encontrarme nuevamente con ustedes. Gracias por esperarme. Gracias por estar. Gracias por no olvidar. Los abrazo con el alma. Y ahora sí…
¡Cuéntenme todo, que los leo!

11/07/2026

BUEN DIA GENTE LINDA

Mis pueblos: La historia de Chily y SaritaCapítulo: Cuando mi pueblo estallaba por las fiestasAño Nuevo era diferente. A...
22/06/2026

Mis pueblos: La historia de Chily y Sarita
Capítulo: Cuando mi pueblo estallaba por las fiestas
Año Nuevo era diferente. Ahí sí se juntaba toda la familia, pero eso... lo dejo para más adelante.

La Navidad, en cambio, era más íntima, más serena, más de adentro. Venía una hermana de mamá con su familia, y también un hermano de papá con la suya. Esa noche se transformaba en un ritual: los arrollados de mamá con ensalada rusa, una receta que solo se servía en Nochebuena, para que la espera valiera la pena. Era tan sabroso, tan nuestro.

La tía Cata traía tres gallinas gordas, vivas, que se convertían en un estofado del 25 al mediodía que no se olvidaba más. Ni se imaginan lo rico que era eso… el aroma, el fuego lento, el pan calentito, las risas. Todo tenía ese sabor a familia reunida, a infancia feliz.

Pero lo que más cambiaba en esas fechas no era solo la casa… era el pueblo entero.

Mi pueblo, de cinco mil personas, se revolucionaba por completo. Llegaban los que se habían ido: los que armaron familia en otras provincias, los hijos del pueblo con sus señoras y sus hijos a cuestas, los que volvían a encontrarse con sus raíces. Y con ellos, regresaban también los jóvenes que trabajaban en otros lados y los que estudiaban diseminados por ciudades lejanas.

Imaginen eso: un pueblo de cinco mil… al que se le sumaban mil más, y con plata.
La capacidad se desbordaba. Los mercados no daban abasto, las tiendas llenas, los clubes, las cooperativas y las pistas de baile organizaban eventos y todos, absolutamente todos, se llenaban.

Los colectivos —que normalmente eran tres al día: el de las 9, el de las 15 y el de las 19— entraban con refuerzos: dos, tres y hasta cuatro por cada horario. La terminal se volvía un punto de encuentro, de emoción, de miradas buscando rostros conocidos. Algunos iban solo a ver quiénes llegaban. Otros, a esperar abrazos.

Yo también iba, claro. Siempre fui curioso.
Y entre todos los que llegaban, estaba él: mi mejor amigo, “Cacho” Raúl Quijano.

Cacho trabajaba en Buenos Aires, pero siempre volvía para las fiestas.
Y sí, ya no era el mismo de antes… al menos, no en lo que se veía. Cuando el colectivo frenaba y abría sus puertas, yo lo veía bajar con sus zapatillas Adidas blancas, pantalón UFO negro, de esos bombilla, camisa Polari, anteojos de sol, walkman al hombro y su cabello largo y alisado.
¡Haaa, Cachito! Todo un señor. ¡Y qué facha tenía!
Pero en el fondo, seguía siendo el mismo de siempre. El del potrero, el de las bicis, el que sabía reírse con los ojos. Cambió la ropa, sí, pero el corazón seguía latiendo como el de un pibe del pueblo.

CONTINUARÁ…

El año que no fue perdidoNo discutiría nunca con quienes dicen que el servicio militar obligatorio fue un año perdido. P...
21/06/2026

El año que no fue perdido

No discutiría nunca con quienes dicen que el servicio militar obligatorio fue un año perdido. Puede que tengan algo de razón: que uno aprendía a robar, que había autoritarismo, que se masticaba bronca. Sí, claro que sí. Yo mismo, mientras lo hacía, pensaba lo mismo y también tragué rabia más de una vez.

Pero sucede algo que pocos entienden: para este pibito de un pueblo de cinco mil personas, que jamás había cruzado la segunda tranquera del campo, aquel año fue la única posibilidad de ver un pedacito más del mundo.

Yo, que nunca en mi vida había subido a un colectivo ni a un tren, en cuestión de días conocí tren, camión, colectivo, avión y hasta subte. Es una locura, pero es verdad.
Yo, que en mi pueblo no tenía más de treinta conocidos de mi edad, de repente estaba rodeado de casi mil pibes de todos lados, y todos íbamos por el mismo riel.

Me hicieron un chequeo completo: me completaron todas las dosis que faltaban en la libreta sanitaria, me arreglaron dientes y muelas, me revisaron la vista. Yo no conocía ni un diez por ciento de todo lo que ahí aprendí.

Para muchos era un año perdido… pero para mí empezó a ser un año que me abría la cabeza.

Hacía orden cerrado al lado de jugadores de fútbol que ya habían debutado en primera y que después brillaron en ligas de España e Italia. Tenía a mi lado hijos de empresarios, actores que ya salían en la tele y en el cine. Y mezclado entre todos ellos, estaba yo: un pibe común, de un pueblito chico, tratando de ganarse un lugarcito para cambiar su vida.

Yo venía de la tierra, del sol y del olor a campo, y de golpe estaba metido en la jungla de cemento. Aprendí todas las calles y avenidas de la “ciudad de la furia”. Conocí el Obelisco, la calle Corrientes, La valle, Florida, grandes peatonales, entré a cines, teatros, fui al zoológico, al Jardín Botánico.

La primera vez que salí de comisión fuera del regimiento, un oficial y dos suboficiales me dijeron:
—Usted puede perderse en el campo, soldado. En la ciudad, es imposible. Todas las calles tienen nombre y altura, al sur baja, al norte sube, al este baja, al oeste sube. ¿Cómo se va a perder?

Y era verdad. A la semana ya andaba por toda la capital comprando cosas para el cuartel. Muchas veces ni me cobraban: me hacían el remito “como que sí” y me decían:
—Guarde esa plata para usted, no se la dé a los verdes.

Lo mismo con los pasajes: nunca me los cobraban. Cuando entraba a la panadería, no me dejaban pagar. En los restaurantes me cobraban poco o nada y me servían para dos.

Tuve mi primer “empleo”, cubriendo guardias e imaginarias, y cobraba veinte veces más de lo que ganaba mi papá en el campo. Pude ir a ver a mi club favorito, y jamás me cobraron entrada.

Aprendí a querer y valorar más a mis padres y hermanos. Aprendí quién era yo, lejos de mi pueblo.

Por eso, cuando cuento mi experiencia, lo hago a modo personal. Entendiendo que para muchos fue un año perdido.
Pero para mí no.
Para mí fue el año que me cambió la vida. .

Gracias gente por cada devoluciones, los quiero un monton.

El regimiento cambió totalmente después de la jura. El trato dio un giro de ciento ochenta grados: los sargentos y cabos...
21/06/2026

El regimiento cambió totalmente después de la jura. El trato dio un giro de ciento ochenta grados: los sargentos y cabos, que antes parecían implacables, pasaron a ser compañeros de verdad. Se sabían nuestros nombres, apellidos y hasta los apodos, casi, casi que ya no “bailábamos” más… aunque siempre con el respeto que un superior merecía.

Empezamos a salir todos los días, y para agosto solo nos presentábamos para hacer guardias o imaginarias. Yo, que ya lo había tomado como un trabajo, me quedaba casi siempre y mi bolsillo crecía de lo lindo.

Pero tres días antes de la baja me llegó el gran problema: mi bolsón portaequipo apareció saqueado. Lo habían abierto por el fondo descosiéndolo y solo me dejaron un calzoncillo y dos pares de medias. Fue terrible. Fui a ver a un sargento amigo mío, con quien había compartido tantas guardias. Me dijo:
—Qué macana, ¿y ahora qué hacemos?
Se quedó pensando, y al rato me soltó:
—Espere acá, ponga el agua para el mate que ya vuelvo.

Tardó más de una hora. Yo, de los nervios, fumaba uno tras otro y calentaba pava tras pava. Cuando volvió, nos sentamos a matear y me dijo:
—Anote todo lo que precisa y vaya a verlo al principal de la sastrería. Él le va a dar lo que necesita.

Así fue. El sastre me entregó un bolsón lleno y me dijo:
—Revíselo. Si sobra algo, déselo a alguien que lo precise.

Volví a ver al sargento y me dijo:
—Traiga el bolsón aquí hasta el día de la entrega y ese dia lo lleva y lo entrega.

Así lo hice, entregué todo y nos dieron licencia hasta la baja.

Vivía en el departamento de mi amigo de carpa, aunque solo iba a dormir, porque durante el día me dedicaba a conocer la capital, que me pareció hermosa.

Llegó el día del acto de la baja. Nos entregaron, entre otras cosas, el documento firmado que decía:
“PASA A RESERVA COMO SOLDADO DEL EJÉRCITO ARGENTINO.”

Para muchos ese año fue un tiempo perdido. Para mí fue una vida ganada. Yo, que venía del campo, de changuear en la cosecha, de cargar carbón o de cortar ladrillos por unas monedas, de pronto había conocido otro mundo.

Encontré trabajo en una fábrica de medias: cortar hilitos, dar vuelta una media o cargar cien botones en bolsitas me daba diez veces más que en el pueblo haciendo trabajos tan duros. Mi patrón me dijo:
—Tenés dos semanas para ver a tu familia.

Fui decidido a traerlos, pero papá y mamá no quisieron dejar su tierra. Me dijeron una frase que guardo para siempre:
“Nosotros te regalamos la vida, y ahora te regalamos la libertad para vivirla. Vuela alto, negro querido.”

Volví con esas palabras en el alma y empecé a trabajar. Alquilé un departamento cerca de la fábrica. Con el tiempo pude traer a cada uno de mis hermanos, a medida que fueron siendo mayores de edad. Todos conseguían trabajo, todos hallaban su lugar.

Yo seguí cambiando de laburo, siempre de menor a mayor, y así fui escribiendo mi destino.

A mis padres los visitaba tres y hasta cuatro veces al año, y ellos venían casi lo mismo hasta que partieron de este mundo.

Y para los más curiosos, les cuento la anécdota más linda de todas: mi amigo de carpa terminó siendo mi cuñado. Sí, porque me animé a confesarle a su hermana que me gustaba, y esta vez no se me escapó como aquella Paulita. Nos casamos, tuvimos cinco hijos y hoy somos abuelos de trece nietos.

Y la vida, con sus vueltas y paradojas, quiso que mi amigo de carpa me devolviera la jugada: por “venganza”, él se casó con Sarita, una de mis hermanas. Así, pasó a ser cuñado mío por partida doble.

Durante la semana de la jura de la bandera aproveché para organizar todo con tiempo: compré el pasaje de ida y vuelta pa...
21/06/2026

Durante la semana de la jura de la bandera aproveché para organizar todo con tiempo: compré el pasaje de ida y vuelta para no tener problemas, me empilché bien —con una pilcha que me hacía sentir modelo de revista—, y me compré unas zapatillas que para mí eran un lujo digno de exposición.
También llevé regalos para toda la familia. Cada moño que armaba era como un pedacito de amor envuelto en papel celofán.

El boleto del tren me salió barato. Como estaba bajo bandera, me cobraron solo el cincuenta por ciento.
Ese tren me dejaba en la capital, y desde ahí tomaba el tren provincial que me llevaba directo a mi pueblo.
Estaba por caerles de sorpresa. Una sorpresa que ni el destino se la esperaba.

La jura fue, para mí, una mezcla rara de emoción y tristeza.
Permitían el ingreso de familiares para presenciar nuestro desfile vestidos como granaderos.
Y fue un desfile hermoso, conmovedor.
Pasamos firmes, rodilla en alto, taco golpeando el asfalto, mientras la fanfarria Alto Perú hacía retumbar Avenida de las Camelias.
Ese "¡Sí, juro!" que dimos todos al unísono todavía debe estar haciendo eco en Palermo.
Pero a pesar del orgullo, a mí me faltaba algo: mi gente.
Mientras los demás señalaban a sus padres, hermanos, novias o abuelos, y se sacaban fotos con la medalla y el diploma, nosotros, los del interior, los provincianos, mirábamos en silencio.
No teníamos con quién retratar ese momento tan importante.

Así que, al mediodía, hice los bolsos y me fui directo a Retiro.
Como buen provinciano, llegué dos horas antes...
Pero esta vez tenía plata.
Entré a un bar, pedí un submarino caliente, y me di el gusto con dos porciones de torta de ricota.
—¿Quién te ha visto y quién te ve? —me dije, recordando que salí del pueblo con lo justo, con lo que se había juntado en la rifa de un chancho que organizó mi viejo.
Y ahora ahí estaba yo: en pleno centro porteño, saboreando el lujo a cucharadas.

Cuando fui a la estación, el tren ya empezaba a embarcar aunque todavía faltaba casi una hora.
Busqué mi vagón, subí y me acomodé en mi asiento.
Me esperaba un largo, emocionante regreso a casa.

Una vez en la capital de mi provincia, tuve que esperar el tren provincial que me llevaría al pueblo.
Casi no podía creer que estaba tan cerca.

Llegué cerca de las cuatro de la tarde.
De lejos vi a mamá...
Estaba haciendo pan casero, como siempre.
Los teros me delataron con sus gritos escandalosos, pero ella no me reconoció enseguida.
Fueron los perros quienes la alertaron: salieron corriendo hacia mí, ladrando y moviendo la cola como locos.
Ella los miró y dijo:
—Es alguien conocido... los perros están como locos.

Y cuando me acerqué un poco más…
Ahí sí.
Me reconoció.

¡Mamá vino corriendo!
Gritaba, lloraba, me abrazaba como si me quisiera fundir en su pecho.
En el suelo quedaron las fuentes y los repasadores que tenía en las manos.
Mi padre y mis hermanos también corrieron hacia mí.
Nos fundimos todos en una ronda de abrazos, risas, lágrimas y emoción pura.

Después de los besos y la revolución, me fui a bañar.
Y cuando salí, nos sentamos todos a matear bajo el naranjo.
Estaba rodeado de mi familia.
Eran tantas las preguntas que se mezclaban con anécdotas y carcajadas.
Reían y lloraban al mismo tiempo, y yo también.

Porque no hay emoción más grande que volver a casa…
Y encontrar que todo lo que uno dejó… sigue ahí, latiendo. Antes que todo quiero decirles que aquella carta que envio esa señora, si le habia llegado. Los días empezaron a volar. Porque cuando uno la pasa bien, el tiempo no camina: corre.
Yo, que había salido de casa hecho un gurí, me volví más mamero que nunca.
Cada siesta me acostaba a su lado. Le contaba cosas del cuartel, de los muchachos, de las guardias y los fogones, y ella, entre mate y mate, me contaba historias viejas, cosas del pueblo, de mi niñez.
Cuando despertábamos, ella amasaba para el pan casero y yo le cebaba los mates, como si de pronto se hubieran invertido los roles: ella con las manos en la masa, y yo cuidándola desde el mate.

El encierro del cuartel me había cambiado. Me había hecho más consciente de las cosas simples, de la familia, del amor.
Una noche, como quien quiere devolver un poco de tanto, los llevé a cenar a la parrilla de Tito Altamirano, que era la más conocida del pueblo.
Esa noche hubo brindis, asado, anécdotas y hasta postre.
Y hoy, después de tantos años, sé que la plata no se mide por lo que se guarda, sino por los recuerdos que compra.
Y ese recuerdo, no me lo olvidé más.

Pero el día de la partida se acercaba…
Y mamá, ay mamá, ya lloraba por todos los rincones.
A escondidas, claro, como quien no quiere preocupar.
Una tarde me pidió si podía encuadrar seis fotos mías para colgarlas en la cocina.
Fui a la librería de Don Quique y las traje al rancho.
Y ahí quedó, la pared adornada con mis fotos, como un altar silencioso al que ella miraba cada vez que pasaba.

Otra vez la despedida fue con un asado.
Y otra vez, como siempre, mamá me preparó mi avío: gallina hervida, una naranja, pastelitos.
Esta vez el tío no hizo el chiste de la guerra, pero mamá lloró igual.
🤣🤣🤣🤣

Fuimos todos a la estación, como siempre. Hasta Paulita fue… pero ya era novia de un amigo.
Y qué le vamos a hacer... siempre fui medio lerdo para esas cosas.

Cuando llegó el tren, fue inevitable: mamá lloró.
Pero esta vez, aprendí. No saqué la cabeza por la ventanilla.
Me senté derecho, con el avío en el regazo, y el alma hecha un n**o.

En el tren rumbo a Retiro, los olores del regreso eran un festín: milanesas, empanadas, chancho al horno, marineras…
No sé si alguno sintió el olor de mi gallina hervida.
Pero ojo, no me preocupa tampoco. Porque para mí, ese olor sabía a casa.

Apenas llegué a Retiro, me fui derecho al cuartel.
Todavía me quedaba un día de franco, pero necesitaba dormir.
Me acosté a las dos de la tarde y me desperté al otro día con el grito feroz del sargento:
—¡SE TERMINARON LAS VACACIONES!
Hizo que el furriel pasara lista.
Y no faltó ni uno.
Eso quería decir que todos habíamos entendido la lección.
El sargento, chocho, nos pegó dos horas de entrenamiento como premio.
🤣🤣🤣carrera mar, cuerpo a tierra, carrera mar, cuerpo a tierra, salto rana, carrera mar, cuerpo a tierra, estan duro, estan duros, mucha joda Granaderos carrera mar, cuerpo a tierra, carrera mar, cuerpo a tierra, ay lo que daria por vivir otravez ese tiempo jajaja

Después me contaban que mi mamá, en el rancho, invitaba a las vecinas a tomar mate.
Y cuando alguna preguntaba por el de la foto en la cocina, ella se enderezaba toda y decía:
—Ese es mi negrito. Está en Buenos Aires. Es granadero.
Y con tono orgulloso, remataba:
—Es escolta presidencial. Cuida al presidente.
🤣🤣🤣

Ella no podía creer que su negro, el que nació una noche fría de invierno tapado con trapos viejos, el que no había pasado nunca la tranquera más que para ir al pueblo…
Ahora estaba en Capital Federal.
Era granadero del General San Martín.
Y además, escolta presidencial.

Pavada de hijo tenía mi vieja.
Su negrito querido.

🥲🥲🥲

CONTINUARÁ…

Por suerte la cosa no pasó a mayores. Mientras algunos me querían pegar por una pavada, otros tantos me defendían con uñ...
20/06/2026

Por suerte la cosa no pasó a mayores. Mientras algunos me querían pegar por una pavada, otros tantos me defendían con uñas y dientes. Pero yo, lejos de la pelea, solo tenía una cosa en la cabeza: la carta.
¿La habrá enviado o no?
Esa duda me carcomía más que el hambre del mediodía. Me tenía intranquilo, en vela, imaginando mil finales y ninguno feliz.

Unos días después de aquel episodio, nos llevaron a Campo de Mayo para la famosa instrucción: 45 días a pan y agua —bueno, pan duro y mate lavado— todos en carpas para dos. A mí me tocó compartirla con un muchacho de Capital Federal. ¡Buenísimo el flaco! Inteligente, de esos que te explican lo inexplicable sin que te des cuenta. Él me hablaba de colectivos, avenidas, subtes y semáforos, y yo le contaba de mi pueblito, con sus calles de tierra, el almacén de Don Tito y el gallo de la vecina que cantaba a las tres de la mañana como si fueran las ocho.

La instrucción fue dura de verdad, pero también tuvo sus momentos inolvidables. Los viernes por la noche hacíamos fogones, y ahí se armaba la verdadera fiesta. Cantábamos, contábamos anécdotas, y lo mejor de todo: imitábamos a nuestros superiores. ¡Había unos que eran unos desgraciados para imitar! Pero desgraciados de buenos.
El cabo Acosta, el sargento Ruiz, el teniente Chiprieto, el capitán Salbatierra... ninguno se salvaba. Y lo más gracioso era que los propios oficiales y suboficiales se reían hasta que les dolía la panza. ¡Eran los primeros en aplaudir cuando se veían caricaturizados!

Los domingos eran días de esparcimiento. Hacíamos campeonatos de fútbol, de voley, de lo que pintara. Hasta carrera de embolsados con botas puestas hicimos una vez.
Durante la semana, al menos un día íbamos al polígono de tiro. De a poco, entre barro, risas y ampollas, empezábamos a parecernos un poco a soldados. Yo, al menos, terminé más flaco: bajé como siete kilos y quedé más ágil que una liebre en campo abierto.

Al regresar al regimiento, después de un almuerzo que parecía comida de verdad —porque hasta tenía gusto—, nos dieron la gran noticia: una semana de licencia.
¡Una semana! La alegría fue tal que uno se puso a llorar como cuando rompia una botella de aceite, pero al revés.

Yo sabía que no iba a llegar muy lejos —mi casa quedaba como a un mundo de distancia— pero mi compañero de carpa, generoso como él solo, ya me había dicho:
—Si nos dan franco, venite a mi casa, no hay drama.
Y yo, con el corazón agrandado como sapo de otro pozo, acepté.

Mientras nos terminaban las cédulas militares, un oficial nos daba indicaciones como si fuéramos embajadores:
—Comportamiento ejemplar, caballeros. Y si alguno tiene lugar en casa, lleve a un camarada que viva lejos.
Y ahí mismo nos ordenaron ir a bañarnos. Salimos todos corriendo a las duchas, felices como perro en carnicería. Todo eran chistes y carcajadas… pobre del que se le cayera el jabón —¡ay mamá!, lo que se escuchaba ahí no era para oídos inocentes.

Salimos limpios y perfumados como para un cumpleaños de quince, cuando nos formaron en fila. Pero justo pasó otro oficial y, al ver varias barbas rebeldes, nos mandó a todos de vuelta a afeitarnos.
A la salida, nos revisaban la pera con un cartoncito. Sí, ¡un cartoncito! Y si raspaba, otra vez adentro.
¡Entrábamos y salíamos como si estuviéramos en un boliche sin documento! Ya estábamos hartos de tanto rasurar hasta el alma.

Finalmente, llegó un oficial con todas las cédulas. Gritó "¡Atención!" y empezamos a desfilar rumbo al portón de salida. Él marcaba el paso:
—¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda! ¡No escucho el taco!
Y justo cuando estábamos por salir, nos paró en seco:
—¡Desfilaron mal! Media vuelta... ¡y a la cuadra!

Así nos hizo dar como cinco vueltas completas, como si estuviéramos en un carrusel militar. Nosotros, con la bronca en la garganta, pero también con un poco de risa porque la escena era tan absurda que parecía escrita por Olmedo y Porcel.

Hasta que en una vuelta, por milagro de Dios, ¡salimos!
Pisamos la calle como si hubiéramos cruzado la frontera de la libertad. Una vez que cruzamos el portón del cuartel, sentí que algo en mí se soltaba. Era la libertad.
No quería ni mirar para atrás, por miedo a que alguno cambiara de opinión y nos hicieran volver. Caminaba con paso firme, pero con el alma como flotando... hasta que, sin pensar, me abracé a un árbol.
Sí, a un árbol.
Es el día de hoy que todavía no entiendo por qué lo hice.
Y cuando miro a mi amigo, él estaba igual... abrazado a otro árbol.
Nos miramos, nos reímos, y seguimos caminando como dos locos sueltos por la ciudad.

Llegamos a la parada y tomamos el 68... o el 152, no me acuerdo bien. Lo que no me olvido es que el chofer nos miró, nos vio vestidos de soldados y nos dijo con una sonrisa:
—Pasen nomás, sin boleto.
Y nos dejó subir. Así, de una.
Ese gesto simple me tocó el corazón.

Subimos a un edificio alto, tomamos el ascensor hasta el noveno H, y nos abrió la madre de mi amigo. Apenas lo vio, empezó a gritar y a llorar.
¡Sesenta y pico de días sin noticias!
Y él, ahí nomás, a unas treinta cuadras.
Yo pensaba en mi vieja, allá lejos, a más de mil kilómetros.
Y entendí que en ese tiempo de distancia había aprendido a quererla más. A valorar todo: su comida, sus rezongos, sus silencios, y hasta sus mates tibios.

Entramos al departamento y la hermana, un poco menor, al verlo se largó en llanto. Gritaba, lo abrazaba, zapateaba como si fuera un malambo de emoción. Los perros se sumaron al festejo moviendo la cola y ladrando de alegría.
Y yo... yo era un testigo mudo.
Observaba todo aquello con una mezcla de ternura y una sana envidia. Porque eso no me pasaba a mí.

Mi amigo me presentó y explicó que venía de lejos, que no tenía familia cerca. Me saludaron con cariño y me invitaron a sentarme. La empleada apareció como una bendición: una picada con fiambres, aceitunas y una Coca bien fría.
No sé si era el hambre o el cariño del momento, pero todo me pareció delicioso.

Ya más tranquilos, empezaron a preguntarme cosas: de dónde era, cómo era mi familia, qué hacía en mi pueblo. Me escuchaban con atención, con curiosidad sincera.
Después llegó el padre.
Entró, vio al hijo y se quedó paralizado. Luego se acercó, lo abrazó y nos dijo que esa noche... ¡cenábamos afuera!

Me dieron un cuarto solo para mí. ¡Un lujo! Tenía cama grande, frazada suave y hasta televisor.
Fuimos a cenar a un restaurante fino. La mitad de los platos no los conocía, ni de nombre.
Pero igual me animé. Probé de todo.
Y la verdad: ¡estaban riquísimos!
Comí como si nunca hubiera visto un mantel blanco.

Durante toda esa noche, mientras reía y agradecía, mi cabeza seguía allá lejos.
En mi familia.
En esa carta.
¿La habrán recibido? ¿La habrán leído en ronda, como hacíamos con las noticias del pueblo?
Pero esta vez era distinto.
Ya no era solo esperanza: ahora iba a escribir otra carta, con otra letra, con otro corazón.

Los nueve días fueron espectaculares. Me hicieron conocer la ciudad, los parques, los negocios grandes, los colectivos que parecían trenes.
Pero como todo lo bueno, llegó el final. El lunes, al toque de diana, faltaban cuatro colimbas.
¡Mamita querida, qué semana nos hicieron pasar!
Hasta que los encontraron y los trajeron. Se comieron tres meses de calabozo. Y creo que fue lo mejor, porque el resto de la cuadra los quería hacer picadillo.

Ahí empezamos con las guardias y las imaginarias.
Mi primera guardia fue el jueves.
Nos avisaron que los que no tuvieran guardia ni imaginaria, podían salir el viernes y volver el lunes.

Muchos colimbas eran de familias con plata. Uno, sabiendo que yo era del interior, me ofreció que si le cubría la guardia del sábado me daba plata.
—Es como si fueran cincuenta mil pesos —de ahora.
Lo pensé. Para mí era una fortuna. Le dije que sí.
Otro me pidió que le cubriera la imaginaria del domingo, por treinta mil. También acepté.
La única condición era que me pagaran antes.
Y así fue.

¡Qué manera de hacer plata, hermano!
Cuando juré la bandera tenía ahorrado lo suficiente para volver a mi pago, comprarme ropa nueva y llevar regalitos para todos.

Después del juramento nos dieron ¡28 días de licencia!
Y ahí sí… empezó otra historia.

CONTINUARÁ…

Dirección

Tigre
1617

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Las fiestas de mis pueblos publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Las fiestas de mis pueblos:

Atajos

Compartir