07/06/2026
Que este día frío me devuelva a mi estufa colorada y, de repente, me traiga de nuevo a mi madre, aunque sea en pensamiento, en silencio. Quizás ahora, mientras escribo, dos lágrimas inquietas corran por mis mejillas en una carrera difícil entre tantas arrugas, buscando llegar a mis labios para hacerme sentir esa sal que no saboreo desde niño.
La estufa roja... esa que mamá cargaba con kerosene en aquel botellón que llevaba en la espalda. Después la encendía y la dejaba afuera hasta que la llama tomaba ese color rojo intenso que anunciaba calor de hogar. Sobre su parrillita siempre descansaba una cacerola con agua caliente, lista para mil usos: para el mate, para lavar algún plato, para aflojar el frío de las manos o para preparar una infusión cuando alguien andaba resfriado.
La colorada no servía solamente para calentarnos. También secaba la ropa en los días de lluvia interminable, entibiaba los zapatos húmedos y dejaba el toallón calentito antes de salir del fuentón. Qué placer era envolverse en aquella tela tibia mientras mamá nos esperaba con una sonrisa que parecía más grande que la propia casa.
Hoy entiendo que no era la estufa la que calentaba el hogar. Era ella.
Era mamá moviéndose de un lado a otro, pendiente de todos, haciendo milagros con tan poco. Era su voz preguntando si teníamos frío, era su mano acomodándonos el cuello de la camisa, era su forma de convertir los inviernos más duros en recuerdos llenos de ternura.
Y mientras el frío golpea los vidrios de esta mañana, cierro los ojos y vuelvo a verla. La veo alimentando aquella llama roja que iluminaba la cocina y también nuestras vidas. Entonces comprendo que algunas personas nunca se van del todo. Siguen viviendo en los pequeños detalles, en los aromas, en los objetos simples y en esos recuerdos que aparecen sin pedir permiso.
Hoy fue una estufa colorada la que me devolvió a mi madre.
Y por un instante, apenas un instante, sentí que volvía a estar en casa.