Las fiestas de mis pueblos

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Las fiestas de mis pueblos
Reseña: recordar nuestra niñez, los sabores, los aromas, las tradiciones, las comidas, el clima, y no olvidar a aquellas personas que pasaron por nuestras vidas y hoy ya no están.

Que este día frío me devuelva a mi estufa colorada y, de repente, me traiga de nuevo a mi madre, aunque sea en pensamien...
07/06/2026

Que este día frío me devuelva a mi estufa colorada y, de repente, me traiga de nuevo a mi madre, aunque sea en pensamiento, en silencio. Quizás ahora, mientras escribo, dos lágrimas inquietas corran por mis mejillas en una carrera difícil entre tantas arrugas, buscando llegar a mis labios para hacerme sentir esa sal que no saboreo desde niño.

La estufa roja... esa que mamá cargaba con kerosene en aquel botellón que llevaba en la espalda. Después la encendía y la dejaba afuera hasta que la llama tomaba ese color rojo intenso que anunciaba calor de hogar. Sobre su parrillita siempre descansaba una cacerola con agua caliente, lista para mil usos: para el mate, para lavar algún plato, para aflojar el frío de las manos o para preparar una infusión cuando alguien andaba resfriado.

La colorada no servía solamente para calentarnos. También secaba la ropa en los días de lluvia interminable, entibiaba los zapatos húmedos y dejaba el toallón calentito antes de salir del fuentón. Qué placer era envolverse en aquella tela tibia mientras mamá nos esperaba con una sonrisa que parecía más grande que la propia casa.

Hoy entiendo que no era la estufa la que calentaba el hogar. Era ella.

Era mamá moviéndose de un lado a otro, pendiente de todos, haciendo milagros con tan poco. Era su voz preguntando si teníamos frío, era su mano acomodándonos el cuello de la camisa, era su forma de convertir los inviernos más duros en recuerdos llenos de ternura.

Y mientras el frío golpea los vidrios de esta mañana, cierro los ojos y vuelvo a verla. La veo alimentando aquella llama roja que iluminaba la cocina y también nuestras vidas. Entonces comprendo que algunas personas nunca se van del todo. Siguen viviendo en los pequeños detalles, en los aromas, en los objetos simples y en esos recuerdos que aparecen sin pedir permiso.

Hoy fue una estufa colorada la que me devolvió a mi madre.

Y por un instante, apenas un instante, sentí que volvía a estar en casa.

Recordando a papá y sus asados de los domingosHay recuerdos que el tiempo no logra borrar. Al contrario, con los años pa...
07/06/2026

Recordando a papá y sus asados de los domingos

Hay recuerdos que el tiempo no logra borrar. Al contrario, con los años parecen volverse más nítidos, más cálidos, como si el corazón los guardara en un rincón especial para volver a ellos cuando más los necesita. Para mí, uno de esos recuerdos tiene nombre y apellido: los asados de los domingos de papá.

Desde temprano la casa comenzaba a despertar con otro ánimo. Mientras muchos todavía seguían durmiendo, él ya estaba de pie preparando todo. Lo recuerdo acomodando la leña, encendiendo el fuego con paciencia y observando las primeras brasas como quien cuida un tesoro. No había apuro. Papá sabía que un buen asado necesitaba tiempo, dedicación y cariño.

El humo perfumaba el patio y se mezclaba con el aroma del campo, mientras nosotros corríamos de un lado a otro esperando que llegara el mediodía. Cada tanto nos acercábamos a la parrilla para preguntarle cuánto faltaba, y él, con una sonrisa cómplice, respondía siempre lo mismo:

—Todavía le falta un poquito.

Y ese "poquito" parecía eterno.

Los domingos no eran solamente carne sobre una parrilla. Eran familia. Eran charlas interminables, risas compartidas, anécdotas repetidas una y otra vez y que, sin embargo, nunca nos cansábamos de escuchar. Eran los hermanos, los primos, las tías y los vecinos que siempre encontraban una silla más alrededor de la mesa.

Papá caminaba de la parrilla a la mesa orgulloso de su trabajo. Le gustaba vernos comer, servir una porción más y asegurarse de que a nadie le faltara nada. Su felicidad no estaba en el plato propio, sino en ver felices a los demás.

Hoy, cuando el fuego crepita y el aroma de un asado vuelve a llenar el aire, inevitablemente pienso en él. Lo veo acomodando las brasas, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano y sonriendo mientras vigilaba cada corte de carne como un verdadero maestro parrillero.

Ya no está sentado a la cabecera de la mesa, pero de alguna manera sigue acompañándonos. Vive en cada receta, en cada costumbre heredada, en cada reunión familiar donde alguien cuenta una de sus historias y todos terminamos sonriendo.

Porque hay personas que se van físicamente, pero jamás abandonan el corazón de quienes las amaron.

Y cada domingo, cuando el humo de la parrilla se eleva hacia el cielo, me gusta pensar que una parte de ese aroma llega hasta donde está papá, recordándole que aquí abajo seguimos reuniéndonos alrededor del fuego, celebrando la vida y agradeciendo los recuerdos que nos dejó.

Porque algunos asados alimentaban el cuerpo, pero los de papá alimentaban el alma.

El puchero servido en el campoHay comidas que alimentan el cuerpo, y hay otras que también alimentan el alma. Para mí, e...
01/06/2026

El puchero servido en el campo

Hay comidas que alimentan el cuerpo, y hay otras que también alimentan el alma. Para mí, el puchero servido en el campo siempre fue de esas comidas que quedan grabadas para toda la vida.

Todavía puedo imaginar aquella olla enorme hirviendo sobre el fuego de leña, largando un v***r perfumado que se mezclaba con el olor de la tierra húmeda, los corrales y el pasto recién cortado. Desde temprano se escuchaba el borboteo constante del caldo mientras se cocinaban lentamente la carne, los huesos con tuétano, las papas, los zapallos, los choclos y las batatas.

El hambre empezaba mucho antes de sentarse a la mesa. Bastaba con acercarse a la cocina o al fogón para que el aroma hiciera su trabajo. Los grandes conversaban, los chicos corríamos por el patio, y cada tanto alguno levantaba la tapa de la olla para espiar cómo venía la cocción.

Cuando llegaba la hora de comer, el puchero aparecía en fuentes grandes, humeantes, colocadas sobre la mesa larga bajo la galería o a la sombra de algún árbol. Primero el caldo, servido en platos hondos que calentaban las manos en los días frescos. Después llegaban las verduras tiernas y la carne que se cortaba sola, cocinada con paciencia y cariño.

No había apuro. Cada cucharada invitaba a quedarse un rato más. Entre pan casero, historias repetidas mil veces y risas familiares, el puchero se transformaba en mucho más que una comida. Era una excusa para reunirnos, para compartir y para sentir que el mundo estaba exactamente donde debía estar.

Quizás por eso, cada vez que siento el aroma de un puchero hirviendo, mi memoria vuelve al campo. Vuelve a aquellos mediodías sencillos y felices donde una olla sobre el fuego de leña alcanzaba para reunir a toda la familia alrededor de la mesa y regalarnos uno de esos momentos que el tiempo jamás consigue borrar.

Los domingos en casa eran muy particulares. Papá se las había ingeniado para que nunca faltara un buen asado en nuestra ...
31/05/2026

Los domingos en casa eran muy particulares. Papá se las había ingeniado para que nunca faltara un buen asado en nuestra mesa y, al mismo tiempo, para ganarse unos pesos más sin que nada se desperdiciara.

Los sábados recorría el pueblo levantando pedidos. Cada vecino le decía qué corte quería para el domingo. A la mañana siguiente, temprano, acomodaba toda la carne ya pesada y con su precio correspondiente. Cuando llegaban los clientes, elegían su corte y papá le colocaba una chapita con un número. En un cuaderno prolijamente anotado escribía el número y el nombre de quien lo había encargado. Era un sistema sencillo, pero perfecto.

Llegado el mediodía, cada familia pasaba a retirar su pedido. Mientras tanto, el patio de casa se llenaba de aromas que todavía hoy viven en mis recuerdos. Mamá preparaba empanadas, hervía mandioca y hacía tortas a la parrilla. Todo se vendía. No había nada que sobrara. Cada cosa que salía de aquella cocina llevaba el sabor del trabajo y el cariño de sus manos.

Gracias a esa inteligencia y a ese espíritu emprendedor de mis viejos, no solo nosotros comíamos asado gratis los domingos, sino que muchas veces quedaba carne para seguir disfrutándola dos o tres días más durante la semana. En tiempos donde no sobraba nada, ellos encontraban la manera de que alcanzara para todo.

Hoy, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que aquellas enseñanzas valían mucho más que cualquier moneda. Mis padres nos mostraron que el esfuerzo, la creatividad y las ganas de salir adelante podían transformar lo poco en abundancia. Nunca se quejaban; simplemente buscaban soluciones.

Y qué sabios eran los viejos de antes. Con trabajo, sacrificio y una enorme dignidad, lograban que la mesa estuviera llena y que la familia no perdiera la alegría. Tal vez por eso aquellos domingos siguen siendo tan especiales en mi memoria. Porque detrás del humo de la parrilla, del aroma de las empanadas y de la mandioca recién hervida, estaban ellos: dos luchadores que hicieron de cada comida una fiesta y de cada dificultad una oportunidad para seguir adelante.

Esos recuerdos todavía me abrazan. Y cada vez que veo encenderse unas brasas, vuelvo a ser aquel chico que observaba admirado a sus padres, sin saber que estaba presenciando una de las mayores lecciones de amor y de vida que recibiría jamás.

          El pan nuestro de cada día… no había nada más lindo que hacer nuestro propio pan, y más cuando hacíamos flauti...
27/05/2026

El pan nuestro de cada día… no había nada más lindo que hacer nuestro propio pan, y más cuando hacíamos flautitas o pan francés. Desde temprano se armaba ese ritual tan simple y tan nuestro: la harina sobre la mesa, las manos llenas de masa y mamá vigilando que todo saliera bien mientras el agua tibia y la levadura hacían su magia.

Qué perfume inolvidable tenía la casa cuando el pan empezaba a cocinarse. El olor se metía en cada rincón, salía por las ventanas y parecía abrazar el patio entero. Nosotros andábamos impacientes, esperando que saliera la primera tanda para romper una flautita calentita, con la manteca derritiéndose apenas la tocaba. A veces no llegaba ni a la mesa; la comíamos apoyados en la cocina, quemándonos los dedos y riéndonos entre todos.

El pan casero tenía algo que ningún otro pan volvió a tener jamás: el sabor del esfuerzo compartido, de la familia unida y de las cosas hechas con amor. No importaba si afuera hacía frío, si el trabajo había sido duro o si la plata apenas alcanzaba. Mientras hubiera harina, un poco de levadura y ganas de amasar, siempre había esperanza sobre la mesa.

Y hoy, cada vez que siento olor a pan recién horneado, vuelvo por un instante a aquella cocina humilde y calentita, donde éramos felices sin darnos cuenta, amasando entre charlas, harina en la ropa y el corazón lleno.

          A pesar de que en casa todos los días empezaban con sopa y puchero antes del plato principal, que muchas veces...
22/05/2026

A pesar de que en casa todos los días empezaban con sopa y puchero antes del plato principal, que muchas veces era un buen guiso de arroz…

estos días fríos me hacen volver ahí.

A esa olla enorme humeando sobre el fuego.

El caldo hirviendo despacio, las verduras bailando entre la grasa brillante, el olor del zapallo, la papa, el choclo y la carne mezclándose con el humo de la leña. Un aroma que salía al patio y parecía abrazarlo todo.

Y entonces…

aparecía papá.

Volviendo del trabajo en la desmontadora, caminando por ese caminito de tierra por donde siempre lo vi regresar. Con la ropa cansada de polvo, las manos curtidas y el paso lento de quien había trabajado duro todo el día.

Los perros eran los primeros en verlo.

Salían corriendo a recibirlo, haciéndole fiestas, saltando alrededor suyo como si hiciera años que no lo veían. Y él, aun cansado, siempre tenía una caricia o unas palabras para ellos.

Mientras tanto, mamá…

con su delantal puesto, acomodaba la mesa.

Los platos hondos.
El pan.
La cuchara grande para servir.

Y en el centro, en una de esas fuentes enlozadas amarillas, ya descoloridas por los años y golpeadas en los bordes…

el puchero.

Hermoso.

Humeando.

Liberando una fragancia que todavía hoy siento si cierro los ojos.

Afuera, el campo iba entrando en la tarde.

El cielo gris del invierno, los árboles quietos, alguna gallina buscando dónde dormir, el humo saliendo derechito desde la cocina porque casi no corría viento.

Todo parecía lento.

Manso.

Y adentro del rancho…

estaba el calor.

El verdadero calor.

El de la familia reunida.

El de la comida esperándonos.
El de saber que papá ya había vuelto.
El de mamá sirviendo primero para los demás.

Y aunque quizás no teníamos mucho…

éramos inmensamente ricos.

Porque había amor en esa mesa.
Había dignidad en ese trabajo.
Había paz en ese paisaje.

Y hoy, cuando el frío llega…

mi memoria siempre vuelve a esa olla humeando,
a los perros corriendo por el patio,
y a ese caminito de tierra…

por donde todavía veo volver a papá.

          Chau domingo... qué lindo se siente cuando la casa queda llena de voces, risas y abrazos compartidos. Toda la ...
18/05/2026

Chau domingo... qué lindo se siente cuando la casa queda llena de voces, risas y abrazos compartidos. Toda la familia reunida, la mesa siempre servida, alguno contando historias, los chicos yendo y viniendo, y ese cansancio hermoso que dejan los días felices.

Y ahora llega el broche perfecto: unas alitas al horno doraditas, calentitas, con ese olorcito que invade la cocina y hace que nadie quiera que el día termine. Porque a veces la felicidad no está en las grandes cosas, sino en estos pequeños momentos simples que quedan guardados para siempre en el corazón.

Creo que no hay plan más perfecto que un domingo en familia, buena comida y el alma tranquila sabiendo que, aunque mañana empiece otra semana, hoy fuimos felices.

          Buen día, buen sábado.Esto heredé de mi padre: el fanatismo por las pizzas calientes de los viernes por la noc...
16/05/2026

Buen día, buen sábado.

Esto heredé de mi padre: el fanatismo por las pizzas calientes de los viernes por la noche y frías con el desayuno del sábado tempranito.

Todavía puedo verlo cortando una porción en silencio mientras la cocina recién despertaba, la pava empezaba a cantar sobre el fuego y el olor a pizza mezclado con el café llenaba toda la casa. Afuera tal vez hacía frío, pero adentro estaba ese calorcito de hogar que hoy tanto se extraña.

Las pizzas de mi viejo no eran solamente comida eran un ritual sagrado. Los viernes significaban familia reunida, charla larga, alguna radio sonando bajito y las manos apuradas por agarrar la porción más cargada de queso. Y el sábado, cuando todavía el sol recién clareaba, ahí estaba él otra vez, feliz con su pizza fría y su mate caliente, como si no existiera mejor desayuno en el mundo.

Con los años entendí que uno no hereda solamente gustos. También hereda momentos, costumbres y pequeños pedazos de felicidad. Y cada vez que desayuno una porción de pizza fría, no estoy solamente comiendo... estoy volviendo un ratito a la mesa de mi infancia, donde mi viejo, sin saberlo, nos enseñaba que las cosas más simples suelen ser las más inolvidables. Gente linda les deseo lo mejor de este sábado para ustedes 🥰🥰😘🤗

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