20/01/2026
Flor de tarope
Oí Mayela, el otro día encontré por casualidad en una cañada del pueblo, una planta de tarope que me volvió a los años de nuestra niñez, o sea, me retrocedió varios lustros.
Es un tarope muy común en las cañadas de la región, pero muy tímido; por eso pocos le encuentran su belleza. Yo me acuerdo que una vez, en un tiempo de agua como el de ahora cuando la pampa estaba inundada, fuimos con papá a Fortaleza ¿te acordás de fortaleza, la estancia que está en la banda del río Mocoví?. Buenos, esa vez, papá nos llevó a mi hermano y a mí, a esa estancia. Como ya te dije, la pampa estaba inundada y por eso fuimos en canoa. Como siempre, el objeto del viaje era cambalachear productos del chaco con charque y queso, lo que producía la estancia.
Mi padre, como sabés, era tiluchi pa manejar la zinga y como el camino estaba inundado, casi todo el tiempo la canoa iba por el camino, solamente cuando encontrábamos una altura, desviábamos por la pampa.
Allá, en Fortaleza, el negocio fue redondo pero la charla por demás de larga; vos sabés que Papá era conversador con los mayores y muy serio con los muchachos. De todas maneras, nosotros no nos aburrimos ni un poquingo porque jugamos pelota con los pelaos de la estancia, nos pusimos a enlazar terneros en el chiquero y jocheamos al chivato que todo el tiempo estaba de mal humor.
La cosa es que nos tocó regresar cuando caía la tarde, en parte eso era bueno porque también caía la fuerza del sol. Cuando estábamos por el palmar de la altura de Nueva Esperanza, ya cerca del río, tuvimos que desviarnos del camino buscando que la canoa no se encalle. La profundidad del agua era escasa y por momentos nos bajábamos pa empujar. De pronto, entre la paja toruna, vimos una parvada de patitos recién nacidos, eran como cuarenta preciosos patitos amarillos con motitas negras. La mamá pato voló y daba vueltas patrullando la zona, era una “pata negra o pata del monte” como le dicen acá, esos patos negros con alas blancas que son del tamaño de los patos domésticos, o como se dice por acá, “de castilla”.
Ni cortos ni perezosos, corrimos a atraparlos pero desaparecieron en un santiamén. La mamá pato se posó en un tajibo cercano y graznaba amenazante mientras estiraba el pescuezo de aquí pa allá y de allá pa acá.
Nosotros buscábamos entre la paja a los patitos magos, no era posible que desaparezcan como evaporados; nos quedamos quietos y aguzamos la mirada pa poder encontrarlos. De pronto vi uno, eso fue impresionante, el patito estaba sumergido quieto junto a un mogote de paja, oculto bajo las hojas, en posición vertical y únicamente sacaba del agua la punta del piquito. Pude verlo porque el agua estaba clara; ¿Cómo sabían esos patingos que quedándose quietos y en posición vertical se hacían invisibles?
Al final solo pudimos atrapar seis, los metimos en una bolsa de tela y los llevamos a casa, allá había una pata que recién había quebrao y, como llegamos de noche, se los metimos en el nido. Al otro día su parvada había aumentao media docena y ella no se dio cuenta, los patitos nuevos no tuvieron problema con sus nuevos hermanos, ni se dieron cuenta que eran diferentes.
Eran muy dóciles y con el tiempo resultaron ser cuatro patitas y dos patitos, las patitas emplumaron pronto y ensayaban vuelos por el patio. Muy seguido, sus parientes pasaban en bandada y parece que los invitaban a unirse. Así fue, un buen día dos de las patitas alzaron vuelo y se fueron, ni siquiera se despidieron; no pasó una semana cuando las otras dos y uno de los patos, también se marcharon.
Mamá nunca quiso que se hagan majao o cortarles las alas, solamente crecieron y se fueron; es su naturaleza y por más que en la casa no necesitaban buscar comida, ellos querían viajar y estar con los suyos; por eso te entiendo Mayela que vos también estés con ganas de volver a donde está tu ombligo.
Quedó uno de los patos, ese, aunque no lo creas, cruzó con las patas de castilla antes de unirse a otra parvada y partir. Los mestizos eran más grande y más voladores que los de castilla. Los machos eran particularmente bravos y peleaban con gallos, patos perros y hasta con nosotros; realmente eran aguerridos y grandotes, teníamos que estar “ojo al charque” con ellos pa evitar sus picotazos y aletazos.
Ah, pero te estaba contando del tarope. Resulta que por perseguir a los patitos se nos hizo tarde, nos agarró la noche al cruzar el río; por suerte pa nosotros había luna llena y cielo limpio, suficiente luz pa no perdernos o chocar con una palma.
Cuando pasábamos por la cañada de los chauchachis, me llamó la atención la luminosidad de las flores que flotaban sobre el agua y danzaban armoniosas con el leve oleaje que produjo la canoa al pasar. Eran flores perfectas de un blanco luminoso y un aroma único, embriagante, que ingresaba hasta el corazón e invitaba a quedarse en la cañada. Yo, a pesar de conocer ese tarope, nunca había percibido su belleza.
Sucede que esa planta, se me ocurre que es femenina, es humilde y tímida. Crece en aguas poco profundas porque sus raíces están ancladas en el suelo y sus hojas y flores flotan en la superficie del agua unidas a las raíces por unos tallos largos y flexibles. Durante el día, las flores son un capullo verde, sin atractivo, como locotos que flotan en el agua. De noche se abren y dejan escapar su delicioso aroma y compiten en luminosidad con las estrellas.
Eso tenés que verlo y sentirlo Mayela, pero para experimentarlo, hay que navegar de noche por la pampa. Pienso que es una de las razones por la que los patos no se quedaron a vivir en la casa, tienen otras bellezas que completar.
GMJ
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