20/12/2025
Estas galletas nacen del mismo lugar al que se regresa cuando una viaja sola: ese ensimismamiento que no aísla, sino que ilumina. La quietud del tren, una calle húmeda, el olor de una pastelería en otro idioma, un café desconocido donde uno se reconoce a sí misma. Allí empezó todo: probando, olfateando, intuyendo, guardando sabores como quien guarda mapas.
Cuando volví a casa, ese viaje siguió en mi cocina. Lo que descubrí afuera se mezcló con lo que descubrí adentro. La paciencia, la curiosidad, el riesgo, la tenacidad. Y con mis manos —lo único verdaderamente mío— fui amasando ese aprendizaje. A veces desde la duda, otras desde la fe, pero siempre desde el deseo de hacer algo que me sostuviera.
Estas recetas vienen de lugares reales: Nueva York, Viena, Valdivia, París, Santiago. De pastelerías que visité, de olores que memoricé, de masas que probé hasta encontrar una forma propia: saludable, artesanal, honesta. Cada galleta es un tramo de mi geografía. Un mapa hecho de avellanas, chocolate, especias, naranja, vermut, brandy, harinas, frutos secos.
Y aunque parezcan pequeñas, estas galletas me han sanado. Porque en su manufactura —en el calor del horno, en el peso de la masa, en la precisión del tiempo— vuelco lo mismo que vuelco en mis viajes: una manera de creer en mí.
Ojalá que cuando las pruebes encuentres algo de eso también. Un sabor que abriga, un destello de alegría, una pausa. Y tal vez, como a mí, te recuerden que hay lugares que solo existen cuando los hacemos con nuestras manos.
Quieres la tuya? Conversemos! Sin azúcar ni harinas refinadas!