Eat Like Buddha

Eat Like Buddha Ok, no soy Buda/Cocino plantas/Tomo té/Tengo hambre/Quiero ir a Nepal/Tengo un cuenco tibetano.

Le recuperación rara vez tiene el mismo tamaño que el desastre. Rara vez hay simetría entre la timidez de los primeros b...
14/07/2026

Le recuperación rara vez tiene el mismo tamaño que el desastre. Rara vez hay simetría entre la timidez de los primeros brotes, entre la pared levantada, el primer cimiento, y la espectacularidad del incendio que todo lo arrasó.

Y es que el día a día después de las grandes tragedias de nuestras vidas nunca logra tener la épica de la devastación, muy por el contrario. Los primeros días transcurren en un dolor anónimo, sin nombre, porque los grandes territorios que aparecen en nuestra vida de súbito, rara vez lo tienen. Y habitamos ese territorio devastado como extranjeros, sin mapa, sin hogar, sin gentilicio. Dejamos de ser.

No hay épica en la recuperación del alma porque llega de formas misteriosas, silenciosas y pequeñas. Un perro que mira el río bajo el sol en un muelle, te enseña el leguaje del aquí y el ahora. Una taza de té entre las manos, el de la tibieza. Un cuadro que se reinstala en una pared, las personas que se quedan, las que reaparecen, las mujeres que se atreven a atravesar el miedo contigo, los libros que no se humedecen cerca del mar, la sensación de volver a pertenecerle a un abrazo… Ninguna de esas cosas por sí solas tiene el tamaño de un incendio, pero todas juntas, reconstruyen una casa.

Y es que las verdades mas importante de nuestra vida raramente llegan como una idea:

Llegan como una herida.

Llegan cuando algo se rompe o se incendia, y entre los restos o las cenizas encontramos siempre una pregunta que nunca habíamos tenido que responder.

Mi respuesta fue un horno prendido, un atardecer opacado por la bruma del océano, un par de manos, las mías, y la certeza de que, como dice Camus, en medio del invierno, habita en mi, un verano invencible.

He vuelto. Ahora si. Bienvenido, Valdivia.

Gracias! Los amo! Loreto Andrea. Regulación Sistema Nervioso Verónica González Mahan Panadería Artesanal Rita Charpentier Momberg Awesome Pedro Ivan Pinto Hector Ceballo SM Begoña Arellano

11/02/2026

Quieres probar nuestra “Cajita del amor propio” saludable y botánica? Reserva la tuya!!

No soy buena para scrollear… pero hoy abrí Instagram y me topé con algo que me dejó en silencio.En la alfombra roja de l...
13/01/2026

No soy buena para scrollear… pero hoy abrí Instagram y me topé con algo que me dejó en silencio.
En la alfombra roja de los Golden Globe, Mark Ruffalo llevaba un pin que decía Be Good. Cuando le preguntaron por qué, respondió que era en memoria de Renee Nicole Good, una mujer asesinada por un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos.

Habló de la contingencia, de cómo nuestra tendencia a continuar como si nada hubiera pasado banaliza el dolor, la muerte, la discriminación y la injusticia. De cómo muchas veces seguimos nuestras vidas desde la placidez de la ignorancia.

Yo no sé vivir sin tomar posición.
Pienso que no se puede habitar un mundo sin elegir un lugar desde donde celebrarlo. Mi manera de estar aquí —y también de cocinar— es preguntarme desde dónde hago las cosas, qué sostengo, qué cuido.

Seguir horneando cuando el mundo está herido no es evasión para mí: es una forma mínima de resistencia sensible, un retorno al cuerpo, al calor, a lo que nos ayuda a sentir que todavía hay algo bueno por cuidar.

Estos cupcakes de manzana asada al carmenere, queso crema y crumble de almendras nacen desde ahí: ingredientes simples, fuego lento, dulzor amable, digestión cuidada.
No cambian el mundo, pero quizás nos ayudan a habitarlo con un poco más de ternura. Cuando entendemos la necesidad de tomar posición de nuestros oficios, es cuando se produce el sentido y el reconocimiento:
celebrar que todavía hay manzanas, fuego, manos, perfume, digestión posible, cuerpo que responde, deseo de compartir. Celebrar, no porque todo esté bien, sino porque algo todavía merece ser cuidado

Estas galletas nacen del mismo lugar al que se regresa cuando una viaja sola: ese ensimismamiento que no aísla, sino que...
20/12/2025

Estas galletas nacen del mismo lugar al que se regresa cuando una viaja sola: ese ensimismamiento que no aísla, sino que ilumina. La quietud del tren, una calle húmeda, el olor de una pastelería en otro idioma, un café desconocido donde uno se reconoce a sí misma. Allí empezó todo: probando, olfateando, intuyendo, guardando sabores como quien guarda mapas.

Cuando volví a casa, ese viaje siguió en mi cocina. Lo que descubrí afuera se mezcló con lo que descubrí adentro. La paciencia, la curiosidad, el riesgo, la tenacidad. Y con mis manos —lo único verdaderamente mío— fui amasando ese aprendizaje. A veces desde la duda, otras desde la fe, pero siempre desde el deseo de hacer algo que me sostuviera.

Estas recetas vienen de lugares reales: Nueva York, Viena, Valdivia, París, Santiago. De pastelerías que visité, de olores que memoricé, de masas que probé hasta encontrar una forma propia: saludable, artesanal, honesta. Cada galleta es un tramo de mi geografía. Un mapa hecho de avellanas, chocolate, especias, naranja, vermut, brandy, harinas, frutos secos.

Y aunque parezcan pequeñas, estas galletas me han sanado. Porque en su manufactura —en el calor del horno, en el peso de la masa, en la precisión del tiempo— vuelco lo mismo que vuelco en mis viajes: una manera de creer en mí.

Ojalá que cuando las pruebes encuentres algo de eso también. Un sabor que abriga, un destello de alegría, una pausa. Y tal vez, como a mí, te recuerden que hay lugares que solo existen cuando los hacemos con nuestras manos.

Quieres la tuya? Conversemos! Sin azúcar ni harinas refinadas!

Estas galletas nacen del mismo lugar al que se regresa cuando una viaja sola: ese ensimismamiento que no aísla, sino que...
20/12/2025

Estas galletas nacen del mismo lugar al que se regresa cuando una viaja sola: ese ensimismamiento que no aísla, sino que ilumina. La quietud del tren, una calle húmeda, el olor de una pastelería en otro idioma, un café desconocido donde uno se reconoce a sí misma. Allí empezó todo: probando, olfateando, intuyendo, guardando sabores como quien guarda mapas.

Cuando volví a casa, ese viaje siguió en mi cocina. Lo que descubrí afuera se mezcló con lo que descubrí adentro. La paciencia, la curiosidad, el riesgo, la tenacidad. Y con mis manos —lo único verdaderamente mío— fui amasando ese aprendizaje. A veces desde la duda, otras desde la fe, pero siempre desde el deseo de hacer algo que me sostuviera.

Estas recetas vienen de lugares reales: Nueva York, Viena, Valdivia, París, Santiago… De pastelerías que visité, de olores que memoricé, de masas que probé hasta encontrar una forma propia: saludable, artesanal, honesta. Cada galleta es un tramo de mi geografía. Un mapa hecho de avellanas, chocolate, especias, naranja, vermut, harinas integrales, frutos secos.

Y aunque parezcan pequeñas, estas galletas me han sanado. Porque en su manufactura —en el calor del horno, en el peso de la masa, en la precisión del tiempo— vuelco lo mismo que vuelco en mis viajes: una manera de creer en mí.

Ojalá que cuando las pruebes encuentres algo de eso también. Un sabor que abriga, un destello de alegría, una pausa. Y tal vez, como a mí, te recuerden que hay lugares que solo existen cuando los hacemos con nuestras manos.

Quieres tu cajita!? Hablemos!!

Este es el pan de pascua que comí toda mi vida.En los días anteriores a la Navidad, la cocina a leña comenzaba a funcion...
17/12/2025

Este es el pan de pascua que comí toda mi vida.

En los días anteriores a la Navidad, la cocina a leña comenzaba a funcionar desde muy temprano, en el sur de Chile.

Nos reuníamos frente a la mesa a picar nueces, avellanas, almendras, remojar cranberries en brandy, disecar finas láminas de cítricos, perfumar y confitar frutas con azúcar y canela.

Mezclábamos enormes cantidades de especias: clavo de olor, cardamomo, flor masis, anís, nuez moscada, vainilla… que al unirse y chocar levemente, como estrellas en la galaxia del bowl, dejaban la cocina inundada de polvo estelar navideño.

Esta producción nos tomaba todo el día, y aunque la sabíamos de memoria, la receta —copiada a mano por mi abuela Wanda cuando era pequeña, en su español recién aprendido— ocupaba el centro de la mesa. Como si se tratara de una alquimia. Como si el milagro dependiera de leer y releer cada paso.

Era el pan que comía mi abuela de niña, y sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos en su Alemania natal.

Fue el pan que acompañó navidades hermosas de familia reunida en torno a la mesa, y otras más aciagas, más de nostalgia que de presencias.

Hoy lo he adaptado: sin azúcar refinado (solo alulosa), con harina integral, 100% vegano.
Uní la memoria con aquello que hoy me motiva a prender el horno, picar frutas y esperar que el fuego y el fermento hagan su trabajo.

Pequeñas tandas de panes hermosos y glaseados, como minumundos navideños, salen de mi cocina estos días.

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Escríbeme por DM 🤍

15/11/2025

No pensé que encontraría esta luz en el Chateau de Chantilly, a las afueras de París. Soñé en el “Hameau” una pequeña villa de cinco casas en el corazón del Jardín anglochino donde las mujeres de la aristocracia jugaban a la vida real. Miré por una de las ventanas y aún permanecía el decorado de papel pintando y las sillas de madera en las cuales, con certeza, se sentaban a bordar y comer petites gateaux.

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