19/03/2026
Mi prima tenía ocho años cuando me puso ese nombre.
"Latifah", susurró una tarde de verano en Newark, mientras jugábamos en la manguera del jardín. "Significa delicada y sensible en árabe".
Yo medía uno sesenta y ya pesaba ochenta kilos. Delicada no era la palabra que usaban para mí en el colegio.
Me llamaban "gorda", "marimacho", "chica rara que rapea como los hombres". Las niñas no me invitaban a sus fiestas. Los niños se reían cuando pasaba por los pasillos. Mi cuerpo era demasiado grande, mi voz demasiado profunda, mi ambición demasiado ruidosa para una chica negra de Jersey.
A los diecinueve años, mientras mis amigas planeaban bodas y carreras "de verdad", yo estaba en un estudio de grabación cutre, gastando el dinero del autobús en latas de atún para poder pagar las horas de estudio.
Mi madre no entendía nada. "¿Rapera, Dana? ¿Eso qué es? ¿Eso da de comer?".
El día que firmé mi primer contrato discográfico, lloré en el baño de la oficina. No de felicidad. De miedo. Porque estaba convencida de que en cualquier momento alguien descubriría el fraude, que la niña gorda de Newark no merecía estar ahí.
Pasaron los años. Los Grammy. La nominación al Oscar. Los discos de platino. La revista Forbes.
Pero lo que nunca conté es que cada vez que salgo a un escenario, antes de que se apaguen las luces, cierro los ojos y vuelvo a ese jardín de Newark. Vuelvo a oír la voz de mi prima diciendo "delicada y sensible". Y sonrío.
Porque al final, el universo tiene sentido del humor.
Resulta que sí era delicada. Lo que pasa es que mi delicadeza no cabía en los moldes que ellos tenían. Mi sensibilidad no era la de llorar en las esquinas, sino la de cantarle a las que sí lloran en las esquinas.
Hoy cumplo 56 años. Me llaman icono, leyenda, pionera.
Yo solo soy la niña gorda de Newark que nunca se creyó lo suficientemente buena.
Y ese fue mi superpoder.
Que nunca dejé de tener miedo. Pero aprendí a subirme al escenario con él agarrado de la mano.
— Queen Latifah