26/02/2026
La Carretera Central: el “hilo” que cosió a Cuba
Si tú has viajado por Cuba, sabes que tarde o temprano terminas cayendo en la Carretera Central. Es como el arroz en la comida cubana: puede variar el menú… pero siempre está.
La idea de construirla se aprobó en 1925, bajo el gobierno de Gerardo Machado, con la intención de modernizar el país. En esa época eso era casi ciencia ficción. Imagínate: una carretera que atravesara toda la isla… cuando todavía muchos caminos eran más polvo que destino.
La construcción comenzó en 1927 y se inauguró el 24 de febrero de 1931. Cuatro años para levantar más de mil kilómetros. Cuatro años. Hoy eso sería más rápido que arreglar una acera… y estoy siendo generoso 😂.
La ruta original tenía 1,139 kilómetros. Salía desde el kilómetro cero frente al Capitolio en La Habana y llegaba hasta Santiago de Cuba, pasando por Matanzas, Santa Clara y Camagüey.
Y no era cualquier caminito improvisado. Tenía base de piedra tipo Telford, una losa de hormigón de hasta 30 cm de espesor (más gruesa que muchas paredes), recubrimiento asfáltico y más de 500 puentes. Para los años 30 eso era nivel
Después de 1959 la ampliaron hacia el oriente más profundo y en 1965 inauguraron el impresionante Viaducto La Farola, extendiéndola hasta Baracoa. Con eso llegó a unos 1,435 kilómetros.
Durante décadas fue la columna vertebral del país. Todo pasaba por ahí. El comercio. Las mudanzas. El que se iba “para resolver”. El que regresaba con dos maletas y una historia más larga que la propia carretera. Camiones cargados hasta el cielo, guaguas llenas donde el chofer siempre decía: “Sí, sí, caben dos más”… aunque físicamente fuera imposible según las leyes de la física y la paciencia humana.
Y claro… hoy tiene baches. Algunos parecen cráteres lunares versión tropical. Pero también tiene carácter. Porque esa carretera ha sobrevivido dictaduras, revoluciones, crisis, apagones, ciclones… y todavía aguanta peso. Eso es resiliencia, no motivación de Instagram.
Antes de que existiera la Autopista Nacional, todo era ella. Era la reina. La diva. La única que conectaba la isla completa. Si querías llegar a algún lugar importante, tenías que pasar por ahí sí o sí. No había atajos. Era como la abuela diciendo: “Primero me saludas a mí”.
Más que asfalto, es memoria. Es el escenario de millones de historias: amores que empezaron en un viaje largo, discusiones familiares en el asiento de atrás, vendedores en las orillas que aparecen justo cuando te da hambre.
Si quieres entender Cuba de verdad, no basta con leerla.
Hay que recorrerla.
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