31/05/2026
EL MONEDERO
Llegaba el buen tiempo. Días que parecían alargarse. Sol resplandeciente que profuso, nos acariciaba. Era entonces cuando la abuela subía al terrado. Allí pasábamos horas muertas, en aquel espacio que tanto me gustaba. La abuela sacaba de la habitación unas viejas sillas, y allí, entre geranios y plantas verdosas, disfrutábamos de aquellos grandes momentos que guardo en mi memoria. La abuela llevaba consigo una cesta de mimbre, donde guardaba hilos, lana y agujas de ganchillo. Para acceder a él, teníamos que subir 20 peldaños. Contados uno a uno. Siempre detrás de ella. Me gustaba verle las enaguas y aquellas piernas tan finas y blancas. La abuela sonreía al llegar. Los depósitos de agua parecían esperarnos. Para mí eran pequeños molinos de viento. Imaginaba que ellos nos resguardaban del hombre del s**o y otros entes maliciosos. Con aquel color gris, seguro que se asustaban. Siempre los acariciaba y les decía lo mucho que los quería. Se divisaba el mar desde lo alto. A lo lejos, a veces, podía ver pequeños barcos que parecían hacerme un guiño. El suave sonido de los pájaros nos envolvía. La abuela se sentaba, y poco a poco iba sacando aquellas agujas que me fascinaban. Se dejaba llevar por sus recuerdos, y yo, atenta, la escuchaba. Me sentía partícipe de sus relatos. Se paraba a contar los puntos, y ahí la veías, cantando alguna jota con aquella risa socarrona. Me embobaba. Sentía tanto cariño y protección al lado de ella, que para mí era la mejor de mis amigas. La observaba minuciosamente. Tenía tal destreza haciendo ganchillo, que me perdía al intentar retener los pasos que daba. Andaba enredada en hacerme un monedero. Había hecho alguno, pero lo tenían las primas mayores. Tanto la cansineé en tener uno, que aquel día se propuso realizarlo. Yo ya imaginaba mis monedas de 5 pesetas, rodando dentro de él. Y las pequeñas bolillas de anís. Fantaseaba con tardes de paseo junto a la abuela, en verano. Siempre con ella y el monedero. Las horas pasaron sin darnos cuenta. Mis ojos brillaban. Con sus manos suaves me acercó su pequeña obra. Tenía conmigo aquel pedacito de ilusión hecho por la abuela. La abracé con fuerza, mientras ella no paraba de sonreír. Aquella tarde de buen tiempo sentí mariposas revoloteando en mi estómago. Aún hoy me acompañan al recordarlo…
Texto: Rosa Delgado.
Fotografía: Monedero realizado por Atelier La Victoria.