Churreria La Data Plasencia

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a 300m de Carrefour Plasencia
a 50m de Multicines Alcazar
a 100m del centro de salud zona norte Fundada en 1974

El ambiente en las terrazas de PlasenciaLas terrazas de Plasencia tienen algo muy reconocible: vida de calle, conversaci...
13/06/2026

El ambiente en las terrazas de Plasencia

Las terrazas de Plasencia tienen algo muy reconocible: vida de calle, conversación larga y ritmo tranquilo. No son solo mesas y sillas; son pequeños puntos de encuentro donde la ciudad respira, se comenta el día y se mezcla gente de todas las edades.

En la Plaza Mayor, el ambiente suele ser el más animado. Allí se nota el pulso de la ciudad: vecinos tomando café, familias paseando, grupos de amigos con una caña, turistas mirando los soportales y gente que se sienta simplemente a ver pasar la vida. Es una terraza con sabor clásico, de las de charla larga y sobremesa sin prisa.

En zonas como el centro histórico, cerca de calles comerciales o rincones más recogidos, el ambiente cambia un poco: más íntimo, más de tapeo, más de sentarse a media tarde y dejar que caiga la luz sobre las piedras antiguas. Plasencia tiene esa mezcla bonita de ciudad monumental y ciudad cercana, donde puedes estar junto a siglos de historia mientras escuchas una conversación de barrio en la mesa de al lado.

Cuando llega el buen tiempo, las terrazas se convierten casi en una extensión de la casa. La gente sale más, se queda más rato, se saluda más. En primavera y verano, sobre todo al caer la tarde, Plasencia tiene ese ambiente de “vamos a tomar algo y ya veremos”: una cerveza, un vino, unas tapas, unas risas y la noche que se va estirando sola.

También hay un punto muy placentino: en las terrazas se habla de todo. De política local, del tiempo, de las ferias, del fútbol, del río, de los baches, de los recuerdos de antes y de lo que “habría que arreglar”. Una terraza en Plasencia puede ser bar, tertulia, mirador, confesionario y periódico abierto al mismo tiempo.

Y luego está el contraste: el bullicio de las zonas más céntricas frente a la calma de otras terrazas más apartadas, donde se está a gusto sin tanto ruido. Esa variedad hace que cada persona encuentre su sitio: quien busca ambiente, quien busca sombra, quien quiere tapear, quien solo quiere un café tranquilo.

En resumen, las terrazas de Plasencia son parte de su carácter: cercanas, habladoras, luminosas y muy de calle. Son lugares donde la ciudad se sienta, se mira a sí misma y sigue funcionando al ritmo de una caña, un café o una buena conversación.

Otro poquito de historia ahora que estamos de Mundial para los mas futboleros!El antiguo campo de fútbol de San Calixto ...
13/06/2026

Otro poquito de historia ahora que estamos de Mundial para los mas futboleros!
El antiguo campo de fútbol de San Calixto en Plasencia

El antiguo campo de fútbol de San Calixto fue uno de esos lugares que, aunque ya pertenezcan al recuerdo, siguen vivos en la memoria de muchos placentinos.

No era un estadio grande, ni moderno, ni tenía las comodidades de ahora. Era un campo de los de antes: sencillo, humilde, con tierra, polvo, porterías básicas, bancos, gradas modestas si las había, y una afición que vivía cada partido pegada a la banda, casi respirando el mismo aire que los jugadores.

Pero aquel campo tenía algo especial.

San Calixto fue durante años uno de los escenarios más recordados del fútbol placentino. Allí se juntaban chavales, familias, aficionados, curiosos y vecinos que iban a ver jugar a los suyos. Era un fútbol cercano, de barrio, de ciudad, de orgullo y de pasión. No era el fútbol de los focos, de la televisión ni del negocio. Era el fútbol auténtico, el de barro, sudor, gritos y corazón.

Aquel campo estaba muy ligado a los primeros tiempos del fútbol en Plasencia. En una época en la que se jugaba casi donde se podía, San Calixto acabó convirtiéndose en un lugar importante para muchos equipos y para muchos jóvenes que empezaban a sentir la pasión por el balón. Allí se formó afición, se hicieron amistades, se vivieron domingos intensos y se escribieron pequeñas historias que no salían en los periódicos, pero que quedaron grabadas en la gente.

Era el campo de las botas llenas de polvo, de los balones duros como piedras, de los porteros valientes, de los defensas recios, de los delanteros con hambre de gol y de los árbitros que tenían que aguantar de todo. Cada jugada se comentaba, cada falta se discutía y cada gol se celebraba como si fuera una final.

En San Calixto el fútbol se vivía con una intensidad especial. La gente no iba solo a mirar; iba a participar con la voz, con los gestos, con los nervios y con el alma. Desde la banda se animaba, se protestaba, se discutía y se sufría. El campo era pequeño en medios, pero grande en emoción.

Y si había partidos que calentaban el ambiente de verdad, esos eran los encuentros contra el Club Polideportivo Cacereño.

Cuando venía el Cacereño a jugar a Plasencia, aquello no era un partido cualquiera. Era rivalidad pura. Había orgullo de ciudad, ganas de ganar y una tensión que se notaba desde antes de empezar. La gente llegaba con el comentario preparado, el pique en la boca y los nervios a flor de piel.

Aquellos partidos tenían otro sabor. Bastaba una entrada fuerte, una decisión discutida del árbitro, una jugada polémica o un gol dudoso para que saltaran los gritos desde la banda. Y más de una vez, la cosa pasaba de las palabras a los empujones. Se montaban buenas tanganas dentro del campo, alrededor de la banda y hasta en la calle cuando el partido terminaba pero el ambiente seguía caliente.

Eran otros tiempos. Había menos control, menos barreras y mucha más cercanía entre jugadores y aficionados. El fútbol se vivía de una forma más brava, más directa, más de piel. Todo estaba más cerca: el balón, los jugadores, los gritos, los enfados y las celebraciones.

Aquellas tanganas, vistas hoy con la distancia de los años, forman parte también de la historia popular de San Calixto. No se recuerdan solo los goles, ni los resultados, ni los nombres de los equipos. Se recuerda el ambiente. El polvo levantado. Los corrillos después del partido. Los comentarios en la calle. La rivalidad con el Cacereño. Las discusiones que seguían camino de casa. Y esa sensación de que cada encuentro era algo más que noventa minutos de fútbol.

Porque en San Calixto no solo se jugaba al fútbol.

Allí se defendía el orgullo de Plasencia.
Allí se hacía afición.
Allí los chavales soñaban con ser futbolistas.
Allí los mayores discutían cada jugada como si les fuera la vida en ello.
Allí la ciudad se reunía alrededor de un balón.

Con el paso del tiempo, el campo de San Calixto quedó atrás, como tantas cosas de aquella Plasencia antigua que ya no existe igual. Pero su recuerdo sigue vivo en quienes lo conocieron, en quienes jugaron allí, en quienes fueron a ver partidos y en quienes todavía se acuerdan de aquel ambiente de domingo, de tierra, de nervios y de pasión.

San Calixto fue mucho más que un terreno de juego.

Fue punto de encuentro.
Fue escuela de fútbol y de vida.
Fue rivalidad, emoción y memoria.
Fue una parte humilde, pero muy importante, de la historia deportiva de Plasencia.

Porque en el antiguo campo de fútbol de San Calixto no solo rodaba un balón.

Rodaban ilusiones, amistades, enfados, alegrías, rivalidades y recuerdos.

Y por eso, aunque el campo ya no sea el mismo y el tiempo haya pasado, San Calixto sigue teniendo un sitio especial en la memoria de Plasencia.

Plasencia misteriosaPlasencia no solo se mira de día.Plasencia también se escucha cuando cae la noche, cuando el casco a...
13/06/2026

Plasencia misteriosa

Plasencia no solo se mira de día.
Plasencia también se escucha cuando cae la noche, cuando el casco antiguo se queda en silencio y las piedras parecen guardar voces de otros tiempos.

Hay una Plasencia de monumentos, de plazas, de catedrales, de murallas y palacios. Pero también hay otra Plasencia más escondida: la de los callejones estrechos, los soportales oscuros, las casas antiguas, las campanas lejanas y esos rincones donde parece que el tiempo no ha terminado de irse.

La muralla no fue solo una defensa. Fue frontera, refugio y límite. Por sus puertas entraron mercaderes, soldados, viajeros, vecinos, pobres, nobles y caminantes que llegaban con historias a la espalda. Cada puerta de la ciudad parece guardar algo: despedidas, miedos, promesas, secretos y noches de invierno en las que la ciudad se cerraba sobre sí misma.

Y ahí está la Torre Lucía, con su aire de vigilante antigua. Una torre que parece mirar todavía desde otro siglo, como si hubiera visto demasiado y prefiriera callar. Basta imaginar una noche oscura, el viento bajando por el Jerte y una luz guiando a quienes se acercaban a Plasencia desde la distancia. Hay lugares que no necesitan leyenda: la propia historia ya les da misterio.

Las catedrales también tienen algo inquietante y hermoso. La Catedral Vieja y la Catedral Nueva conviven como dos épocas pegadas piedra sobre piedra. Una parece no querer marcharse del todo; la otra parece haber nacido sobre los restos de un sueño inacabado. Dentro, el frío, las bóvedas, los rincones silenciosos y las sombras hacen que uno sienta que allí el tiempo camina más despacio.

Luego están las casas nobles, los escudos de piedra, los balcones cerrados y las fachadas que miran a la calle como si aún reconocieran a quienes pasaron hace siglos. La Casa de las Dos Torres, los palacios, los conventos y tantos edificios antiguos parecen conservar una memoria que no siempre se cuenta en los libros.

Pero la Plasencia misteriosa no vive solo en sus monumentos. Vive en la Plaza Mayor cuando se queda vacía. Vive en los soportales cuando ya no hay ruido. Vive en las calles empedradas después de llover. Vive en esos rincones donde uno pasa deprisa de día, pero que de noche parecen distintos, más hondos, más antiguos.

Plasencia tiene ese misterio de las ciudades viejas: no necesita fantasmas inventados ni historias exageradas. Le basta con sus piedras gastadas, sus campanas, sus puertas antiguas, sus callejones en cuesta y esa sensación de que, al doblar una esquina, puedes encontrarte con otro siglo.

Porque Plasencia, cuando se apagan las luces modernas, vuelve a ser medieval.
Vuelve a ser muralla.
Vuelve a ser puerta cerrada.
Vuelve a ser candil en una ventana.
Vuelve a ser rumor de pasos sobre la piedra.

Y entonces uno entiende que hay ciudades que tienen historia…
y otras que, además de historia, tienen alma.

Plasencia misteriosa es esa ciudad que no se ve del todo.
La que hay que caminar despacio.
La que habla bajo.
La que guarda secretos entre sus piedras.

Un poquito de humor de estos dos Extremeños y paisanos y amigos para esta vida tan insana,que bastante tenemos ya con ir...
12/06/2026

Un poquito de humor de estos dos Extremeños y paisanos y amigos para esta vida tan insana,
que bastante tenemos ya con ir esquivando problemas, prisas y gente con cara de lunes.

Porque al final, si no nos reímos un poco,
esto no hay quien lo aguante.
Síguelos:

Un podcast de Agustín Jiménez y David Puerto en el que hacen lo que...

La antigua estación de autobuses de PlasenciaLa antigua estación de autobuses de Plasencia fue durante muchos años uno d...
12/06/2026

La antigua estación de autobuses de Plasencia

La antigua estación de autobuses de Plasencia fue durante muchos años uno de esos lugares que no salían en las postales, pero que formaban parte de la vida diaria de media ciudad y de muchos pueblos de alrededor.

Aún me acuerdo de que la estación de autobuses de Plasencia estaba en la calle del Sol, justo detrás del quiosco de La Felisa, en ese lugar donde hoy está la fuente del caballo de Alfonso VIII. Un sitio que ahora muchos cruzan casi sin pensarlo, pero que durante años fue punto de llegada, de salida, de espera y de muchas historias.

No era un edificio elegante ni monumental. Era una estación sencilla, práctica, con sus dársenas, sus bancos de espera, sus taquillas, su cafetería, sus cristaleras, sus rincones fríos en invierno y ese olor tan característico a gasoil, café, maletas y carretera.

Pero tenía algo muy importante: era una puerta de entrada y salida de Plasencia.

Por allí pasaban estudiantes, trabajadores, familias, soldados de reemplazo, viajeros con bolsas, gente que venía al médico, al mercado, a comprar, a hacer gestiones o simplemente a pasar el día en la ciudad. Para muchos vecinos de los pueblos del norte de Cáceres, aquella estación era el primer contacto con Plasencia.

Un lugar de despedidas y regresos

La estación de autobuses antigua tenía mucho de emoción callada. Allí se veían despedidas largas, abrazos antes de subir al autobús, madres colocando la bolsa de comida al hijo que se iba a estudiar fuera, novios despidiéndose con cara de pocos amigos, abuelos esperando a que llegara el coche de línea y chavales mirando el reloj porque el autobús no aparecía nunca.

También era lugar de regresos. Volver a Plasencia después de un viaje y bajarse allí era como decir: “ya estoy en casa”. Aunque el edificio estuviera viejo, aunque hiciera frío, aunque las instalaciones no fueran gran cosa, para muchos tenía ese sabor de lo conocido.

La estación y los pueblos

Plasencia siempre ha sido centro de comarca. La gente de La Vera, el Valle del Jerte, el Ambroz, Las Hurdes, el Alagón y otros pueblos cercanos venía a la ciudad para casi todo: médicos, compras, estudios, trabajo, papeles, bancos, mercado o visitas familiares.

Por eso la estación no era solo una estación. Era un punto de unión entre Plasencia y su tierra. Cada autobús que entraba traía historias distintas: gente con prisa, gente cansada, gente ilusionada, gente que venía a buscarse la vida o simplemente a pasar la mañana.

Aquellos viajes de antes

Antes no se viajaba como ahora. Había menos prisas digitales, pero más paciencia obligada. Se miraban los horarios en papel, se preguntaba en taquilla, se esperaba sentado con la bolsa entre las piernas y se escuchaba el ruido del motor como quien escucha una señal de salida.

Los autobuses no siempre eran cómodos. Algunos viajes se hacían eternos. El calor en verano, el frío en invierno, las curvas, las paradas en los pueblos, las conversaciones de los viajeros… Todo eso formaba parte del viaje.

Y había algo muy de aquella época: nadie iba aislado del todo. Siempre había alguien que preguntaba:

“¿Este va para Cáceres?”
“¿Ya ha salido el de Madrid?”
“¿Este para en Hervás?”
“¿Sabes si pasa por el pueblo?”

Un edificio viejo, pero con alma

Con el paso del tiempo, la estación fue quedándose vieja. Se notaban los años en las instalaciones, en los bancos, en los baños, en la iluminación y en ese aire de edificio que había visto pasar demasiadas maletas.

Pero aun así, la estación tenía alma. Porque los lugares no solo valen por lo bonitos que son, sino por las vidas que han pasado por ellos.

Y en la estación antigua de autobuses de Plasencia pasó mucha vida.

Pasaron despedidas.
Pasaron regresos.
Pasaron estudiantes.
Pasaron trabajadores.
Pasaron familias enteras.
Pasaron historias que nunca se escribieron, pero que muchos todavía recuerdan.

Para recordarla bonito

La antigua estación de autobuses de Plasencia fue un sitio humilde, cotidiano y necesario. Un lugar de paso que acabó siendo parte de la memoria de la ciudad.

Porque Plasencia no se recuerda solo por sus murallas, su Plaza Mayor, sus iglesias o sus palacios. También se recuerda por esos sitios normales donde la vida ocurría sin hacer ruido.

Y aquella estación, en la calle del Sol, detrás del quiosco de La Felisa, fue uno de ellos.

Un lugar donde siempre había alguien esperando.
Alguien llegando.
Alguien marchándose.
Y alguien mirando al fondo, deseando que apareciera ya el autobús.

Aún me acuerdo de que la estación de autobuses de Plasencia estaba en la calle del Sol, justo detrás del quiosco de La Felisa, donde está ahora la fuente del caballo de Alfonso VIII. Un lugar que hoy muchos ven como una plaza más, pero que durante años fue punto de llegada, de salida, de espera y de muchos recuerdos placentinos.
Lo recordais?

Fuentes y caños antiguos de PlasenciaPlasencia fue durante siglos una ciudad muy unida al agua. Antes de que el agua cor...
12/06/2026

Fuentes y caños antiguos de Plasencia

Plasencia fue durante siglos una ciudad muy unida al agua. Antes de que el agua corriente llegara a las casas, las fuentes y los caños eran lugares esenciales para la vida diaria. Allí se llenaban cántaros, cubos y botijos; allí se daba de beber a los animales; allí se hablaba, se esperaba turno, se comentaban las noticias del barrio y se hacía vida de vecindad.

Los caños no eran solo puntos de agua. Eran pequeños centros sociales.

El agua en la Plasencia antigua

La ciudad contó con un importante sistema de abastecimiento de agua. El más conocido es el Acueducto de San Antón, construido para traer agua desde la zona de la sierra, especialmente desde el entorno de Cabezabellosa y El Torno.

Ese agua llegaba a la ciudad y se repartía por distintas fuentes públicas. Muchas de ellas estaban dentro del casco histórico; otras se encontraban en las afueras, junto a caminos, huertas, paseos o zonas de paso.

También se habla de conducciones antiguas como la llamada Cañería de los Moros, anterior al acueducto, y del Arca del Agua, relacionada con la distribución del agua hacia Plasencia.

Fuente del Cabildo

La Fuente del Cabildo es una de las fuentes más monumentales y representativas de Plasencia. Está situada junto al entorno de la Catedral, en una zona cargada de historia.

Es una fuente de piedra, solemne, con aire señorial. No era una simple fuente de paso, sino una fuente importante, ligada al corazón religioso y monumental de la ciudad.

Por allí pasaron generaciones de placentinos. Unos iban a por agua, otros simplemente se detenían a descansar o conversar. En una ciudad de calles estrechas y piedra antigua, una fuente como esta era casi un símbolo de vida.

Caño de San Pedro o Fuente de la Cruz de Mayo

El Caño de San Pedro, también conocido como Fuente de la Cruz de Mayo, es otra de las fuentes más recordadas.

Está relacionado con la zona de la iglesia de San Pedro y la calle del Sol. Su nombre popular viene de su cercanía a ese templo y también de la inscripción que la vincula con el día de la Cruz de Mayo.

Este caño tenía un valor muy especial porque estaba en una zona muy transitada. Era fuente de barrio, fuente de camino, fuente de uso diario. Allí se acercaban los vecinos con sus cántaros, y seguramente más de una conversación empezó mientras el agua caía lentamente sobre la piedra.

Caño Soso

El Caño Soso es otro nombre muy ligado a la memoria de Plasencia. Dio nombre al Paseo del Caño Soso, en el entorno de la Isla y del río Jerte.

Era una zona muy relacionada con el paseo, las huertas, el río y la vida más tranquila de la ciudad. El Caño Soso formaba parte de esa Plasencia que miraba al agua no solo como necesidad, sino también como descanso.

El nombre ha quedado grabado en la memoria popular. Aunque muchas cosas hayan cambiado, decir “Caño Soso” todavía suena a Plasencia antigua, a paseo, a sombra, a río y a recuerdos.

Fuente de San Nicolás

La Fuente de San Nicolás se encuentra en una de las zonas más bonitas del casco histórico, cerca de la iglesia de San Nicolás, el palacio de Mirabel y el antiguo convento de San Vicente Ferrer.

Es una fuente ligada a una Plasencia noble, monumental y tranquila. En ese entorno de piedra, iglesias y palacios, la fuente formaba parte del paisaje cotidiano.

No era raro que estas fuentes mezclaran lo práctico con lo bello. Servían para abastecer de agua, pero también embellecían plazas y rincones importantes de la ciudad.

Fuente de la Rana

La Fuente de la Rana es una de esas fuentes pequeñas que terminan dando nombre a todo un lugar.

Gracias a ella, mucha gente conoce el entorno como el Parque de la Rana, aunque oficialmente haya tenido otro nombre. Eso demuestra la fuerza de la memoria popular: a veces una fuente, una figura o un detalle sencillo pesan más que cualquier nombre oficial.

La rana se convirtió en símbolo del parque. Para muchos placentinos, ese rincón está unido a la infancia, a los paseos, a los juegos y a los recuerdos familiares.

Fuente Rosa

La Fuente Rosa también aparece entre las fuentes recordadas de Plasencia. Estaba relacionada con el entorno del acueducto y formaba parte de esa red de puntos de agua que ayudaban a abastecer a los vecinos.

Estas fuentes de las afueras o zonas cercanas a caminos eran muy importantes. Servían a quienes iban y venían, a los animales, a los hortelanos y a la gente que trabajaba fuera del núcleo más cerrado de la ciudad.

Fuente de San Calixto

La Fuente de San Calixto es otro de esos nombres que pertenecen a la Plasencia más antigua y menos visible.

Muchas fuentes como esta no siempre aparecen en los grandes relatos históricos, pero sí en la memoria de los vecinos. Eran fuentes de uso diario, humildes, necesarias, de esas que daban servicio sin hacer ruido.

Fuente de la Puerta del Sol

La zona de la Puerta del Sol también estuvo relacionada con fuentes y caños. Las puertas de la ciudad eran lugares de mucho movimiento: entrada y salida de vecinos, comerciantes, ganaderos, viajeros y gente del campo.

Una fuente en ese entorno tenía todo el sentido. Era lugar para refrescarse, llenar agua antes de seguir camino o parar un momento al entrar en la ciudad.

Fuente de la Cañada Real

La Cañada Real también conserva memoria de fuente y paso. Las cañadas eran caminos de ganado, tránsito y comunicación. Por eso, los puntos de agua eran fundamentales.

No solo bebían las personas. También los animales necesitaban abrevar. Muchas fuentes y pilones antiguos cumplían esa doble función: agua para el vecino y agua para las bestias.

Fuente de Santa María

La Fuente de Santa María aparece relacionada con el entorno catedralicio y con una de las zonas más antiguas y emblemáticas de Plasencia.

Como ocurre con la Fuente del Cabildo, estamos ante un espacio donde el agua, la religión, la piedra y la vida cotidiana se mezclaban. Era una Plasencia donde las fuentes estaban integradas en el paisaje urbano.

Fuente de la Plazuela de Carreteros

También se recuerda la fuente de la Plazuela de Carreteros, hoy ya desaparecida o muy perdida en la memoria urbana.

El propio nombre de la plazuela nos habla de oficios, carros, transporte, mercancías y vida popular. Una fuente allí habría sido muy útil para quienes trabajaban con carros y animales, además de para los vecinos de la zona.

Lo que eran aquellos caños

Los caños antiguos tenían una importancia enorme. Eran lugares de trabajo y de encuentro.

Allí iban muchas mujeres con los cántaros, porque durante mucho tiempo fueron ellas quienes cargaron con esa tarea diaria. Se iba a por agua para cocinar, lavar, fregar, beber o atender la casa. Cada viaje al caño era una obligación, pero también una ocasión para hablar con otras vecinas.

Los niños jugaban alrededor. Los mayores se sentaban cerca. Los animales bebían en los pilones. Y el sonido del agua formaba parte del ambiente de la ciudad.

Hoy abrimos un grifo y no pensamos en nada. Antes, conseguir agua exigía salir, caminar, cargar peso y volver a casa. Por eso las fuentes eran tan importantes.

Una Plasencia de cántaros y piedra

La imagen antigua de Plasencia no se entiende sin sus fuentes: mujeres con cántaros apoyados en la cadera, niños corriendo alrededor, burros y mulas esperando junto al pilón, vecinos hablando al fresco y el agua cayendo sobre la piedra gastada.

Cada fuente tenía su gente.
Cada caño tenía su historia.
Cada barrio tenía su punto de agua.

Muchas de esas fuentes han cambiado, otras han desaparecido y algunas siguen ahí como testigos silenciosos. Pero todas forman parte de la memoria de la ciudad.

Los quioscos antiguos de Plasencia: chucherías, barrio y memoriaHubo un tiempo en Plasencia en que los quioscos eran muc...
12/06/2026

Los quioscos antiguos de Plasencia: chucherías, barrio y memoria

Hubo un tiempo en Plasencia en que los quioscos eran mucho más que un pequeño puesto donde comprar. Eran puntos de encuentro, rincones de barrio, lugares donde empezaba la tarde, donde se juntaban los niños y donde una simple moneda podía convertirse en una bolsa de pipas, un chicle, un caramelo, un polo o un sobre de cromos.

Antes de que todo estuviera en grandes supermercados, antes de que los niños tuvieran móviles y antes de que la calle perdiera parte de aquella vida de antes, los quioscos eran casi una institución popular.

Allí se compraban chucherías, periódicos, revistas, tabaco para los mayores, helados en verano, tebeos, cromos, pipas, caramelos de palo, regaliz, chicles Bazooka, sobres sorpresa y esas pequeñas cosas que hoy parecen poca cosa, pero que entonces eran un tesoro.

El quiosco de La Felisa

Entre los nombres que muchos placentinos recuerdan está el quiosco de La Felisa.

No era solo un sitio donde comprar chucherías. Era uno de esos lugares con alma, de los que formaban parte del día a día del barrio. Los niños llegaban con unas pocas monedas en la mano y se quedaban mirando el escaparate como quien mira un escaparate de joyas.

Había que elegir bien:
un chicle, unas pipas, una piruleta, un caramelo, un regaliz, unos cromos o un helado si era verano.

La Felisa, como tantas mujeres de aquellos quioscos de antes, seguramente conocía a medio barrio. Sabía quién era hijo de quién, quién iba al colegio, quién pedía fiado, quién compraba siempre lo mismo y quién llegaba con la frase de siempre:

“Luego te lo pago.”

Aquellos quioscos tenían algo muy especial: no eran fríos ni impersonales. Eran cercanos, humanos, de confianza. Eran parte de la vida diaria.

El quiosco del Mocho

Otro nombre muy recordado es el quiosco del Mocho.

Solo decirlo ya trae una imagen antigua de Plasencia: niños corriendo, bicicletas apoyadas, gente paseando, tardes de parque, voces de barrio y ese olor mezclado a pipas, papel de periódico, chucherías y verano.

El Mocho era de esos sitios que se convertían en referencia sin necesidad de carteles grandes ni publicidad. Bastaba decir:

“Nos vemos en el Mocho.”

Y todo el mundo sabía dónde era.

Allí se compraba, sí, pero también se hablaba, se esperaba, se quedaba con los amigos y se pasaba el rato. Los quioscos tenían esa función silenciosa de hacer barrio. Eran pequeños, pero sostenían mucha vida alrededor.

Los quioscos junto a los colegios

Muchos quioscos de Plasencia vivieron pegados a los colegios y a las salidas de clase.

A la hora del recreo o al salir por la tarde, se llenaban de chavales con la cartera colgada, las manos en los bolsillos y la ilusión de gastar unas pesetas. Después llegaron los duros, las monedas de veinte duros, los céntimos… pero la emoción era la misma.

El quiosco era el primer sitio donde muchos niños aprendían a comprar solos. Aprendían a contar, a elegir, a esperar turno y a decidir si gastarlo todo en una cosa grande o repartirlo en varias pequeñas.

Y luego venía el ritual de compartir:

“Dame una pipa.”
“Te cambio un cromo.”
“¿Me das un poco de regaliz?”
“Guárdame uno de esos.”

Eran escenas sencillas, pero se quedaron grabadas.

Los cromos, los tebeos y las pipas

Los quioscos antiguos no se entienden sin los cromos.

Los sobres de cromos eran una lotería infantil. Uno los abría con nervios, esperando que saliera el que faltaba para completar la colección. Luego venía el mercadeo en la calle, en el parque o en la puerta del colegio.

“Este lo tengo.”
“Este no.”
“Te doy tres por ese.”
“Ese es difícil.”

También estaban los tebeos, las revistas y los cuentos. Para muchos niños, el quiosco fue una primera puerta a la lectura. Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Pulgarcito, revistas juveniles, cuentos baratos y publicaciones que pasaban de mano en mano hasta quedar dobladas y gastadas.

Y las pipas. Las pipas eran casi una banda sonora de la calle. Bancos llenos de cáscaras, chavales hablando durante horas y una bolsa que parecía no acabarse nunca.

Los quioscos de los parques

En Plasencia, como en tantas ciudades, los parques necesitaban su quiosco.

Un parque sin quiosco parecía incompleto. Faltaba algo. Faltaba ese sitio donde comprar un polo en verano, una bolsa de patatas, una gaseosa, un caramelo para el niño o el periódico para el abuelo.

Los quioscos de los parques eran testigos de muchas tardes: madres charlando, abuelos sentados al fresco, niños jugando, parejas paseando y pandillas que iban creciendo año tras año sin darse cuenta.

El quiosco veía pasar la vida entera del barrio.

Más que tiendas: personas

Lo más bonito de aquellos quioscos es que casi nunca se recordaban por el nombre comercial, sino por la persona que estaba detrás.

El de La Felisa.
El del Mocho.
El de la esquina.
El del parque.
El de enfrente del colegio.
El de la Plaza.
El de toda la vida.

Eso dice mucho de aquella época. Los negocios tenían rostro, voz y carácter. La gente no decía “voy a comprar al establecimiento”. Decía “voy donde La Felisa” o “voy al Mocho”.

Y en esa forma de hablar había cercanía, costumbre y pertenencia.

La Plasencia de antes

Aquellos quioscos pertenecen a una Plasencia más tranquila, más de calle, más de saludo y conversación.

Una Plasencia donde los niños jugaban fuera hasta que se hacía de noche, donde los barrios tenían vida propia, donde las plazas eran punto de encuentro y donde cualquier rincón podía convertirse en territorio de juegos.

El quiosco estaba ahí, viendo pasar generaciones.

Vio niños que luego fueron padres.
Vio padres que luego llevaron allí a sus hijos.
Vio cambios de moneda, de modas, de calles y de costumbres.
Vio cómo la ciudad crecía y cómo muchas cosas iban desapareciendo poco a poco.

Lo que se fue perdiendo

Con el tiempo, muchos quioscos cerraron.

Algunos desaparecieron porque cambió la forma de comprar. Otros porque la ciudad cambió. Otros porque sus dueños se hicieron mayores. Otros simplemente se fueron apagando sin hacer ruido, como tantas cosas de antes.

Y un día, donde había una ventanilla llena de caramelos, ya no había nada.
Donde había un congelador de helados, quedó una esquina vacía.
Donde los niños hacían cola, pasó a quedar solo el recuerdo.

Pero hay lugares que no desaparecen del todo mientras alguien los siga nombrando.

Una memoria que merece guardarse

Por eso hablar de los quioscos de chucherías de Plasencia es hablar de mucho más que de caramelos.

Es hablar de infancia.
De barrio.
De calles con vida.
De tardes sin prisa.
De monedas pequeñas.
De cromos repetidos.
De polos que se derretían en la mano.
De personas como La Felisa, El Mocho y tantos otros que formaron parte de la memoria cotidiana de la ciudad.

Aquellos quioscos fueron pequeños en tamaño, pero enormes en recuerdos.

Y quizá por eso, cuando alguien dice hoy:

“¿Te acuerdas del quiosco de La Felisa?”
o
“¿Te acuerdas del Mocho?”

No está hablando solo de un quiosco.

Está hablando de una Plasencia que olía a pipas, a regaliz, a papel de periódico y a verano.

Está hablando de una ciudad donde la felicidad, muchas veces, cabía en una bolsa de chucherías.

Te acuerdas de alguno mas?

Dirección

Calle Batalla De San Quintín
Plasencia
10600

Horario de Apertura

Martes 06:00 - 10:00
Miércoles 06:00 - 10:00
Jueves 06:00 - 10:00
Viernes 06:00 - 10:00
Sábado 06:00 - 10:30
Domingo 06:00 - 11:00

Teléfono

+34667276120

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