12/06/2026
Los quioscos antiguos de Plasencia: chucherías, barrio y memoria
Hubo un tiempo en Plasencia en que los quioscos eran mucho más que un pequeño puesto donde comprar. Eran puntos de encuentro, rincones de barrio, lugares donde empezaba la tarde, donde se juntaban los niños y donde una simple moneda podía convertirse en una bolsa de pipas, un chicle, un caramelo, un polo o un sobre de cromos.
Antes de que todo estuviera en grandes supermercados, antes de que los niños tuvieran móviles y antes de que la calle perdiera parte de aquella vida de antes, los quioscos eran casi una institución popular.
Allí se compraban chucherías, periódicos, revistas, tabaco para los mayores, helados en verano, tebeos, cromos, pipas, caramelos de palo, regaliz, chicles Bazooka, sobres sorpresa y esas pequeñas cosas que hoy parecen poca cosa, pero que entonces eran un tesoro.
El quiosco de La Felisa
Entre los nombres que muchos placentinos recuerdan está el quiosco de La Felisa.
No era solo un sitio donde comprar chucherías. Era uno de esos lugares con alma, de los que formaban parte del día a día del barrio. Los niños llegaban con unas pocas monedas en la mano y se quedaban mirando el escaparate como quien mira un escaparate de joyas.
Había que elegir bien:
un chicle, unas pipas, una piruleta, un caramelo, un regaliz, unos cromos o un helado si era verano.
La Felisa, como tantas mujeres de aquellos quioscos de antes, seguramente conocía a medio barrio. Sabía quién era hijo de quién, quién iba al colegio, quién pedía fiado, quién compraba siempre lo mismo y quién llegaba con la frase de siempre:
“Luego te lo pago.”
Aquellos quioscos tenían algo muy especial: no eran fríos ni impersonales. Eran cercanos, humanos, de confianza. Eran parte de la vida diaria.
El quiosco del Mocho
Otro nombre muy recordado es el quiosco del Mocho.
Solo decirlo ya trae una imagen antigua de Plasencia: niños corriendo, bicicletas apoyadas, gente paseando, tardes de parque, voces de barrio y ese olor mezclado a pipas, papel de periódico, chucherías y verano.
El Mocho era de esos sitios que se convertían en referencia sin necesidad de carteles grandes ni publicidad. Bastaba decir:
“Nos vemos en el Mocho.”
Y todo el mundo sabía dónde era.
Allí se compraba, sí, pero también se hablaba, se esperaba, se quedaba con los amigos y se pasaba el rato. Los quioscos tenían esa función silenciosa de hacer barrio. Eran pequeños, pero sostenían mucha vida alrededor.
Los quioscos junto a los colegios
Muchos quioscos de Plasencia vivieron pegados a los colegios y a las salidas de clase.
A la hora del recreo o al salir por la tarde, se llenaban de chavales con la cartera colgada, las manos en los bolsillos y la ilusión de gastar unas pesetas. Después llegaron los duros, las monedas de veinte duros, los céntimos… pero la emoción era la misma.
El quiosco era el primer sitio donde muchos niños aprendían a comprar solos. Aprendían a contar, a elegir, a esperar turno y a decidir si gastarlo todo en una cosa grande o repartirlo en varias pequeñas.
Y luego venía el ritual de compartir:
“Dame una pipa.”
“Te cambio un cromo.”
“¿Me das un poco de regaliz?”
“Guárdame uno de esos.”
Eran escenas sencillas, pero se quedaron grabadas.
Los cromos, los tebeos y las pipas
Los quioscos antiguos no se entienden sin los cromos.
Los sobres de cromos eran una lotería infantil. Uno los abría con nervios, esperando que saliera el que faltaba para completar la colección. Luego venía el mercadeo en la calle, en el parque o en la puerta del colegio.
“Este lo tengo.”
“Este no.”
“Te doy tres por ese.”
“Ese es difícil.”
También estaban los tebeos, las revistas y los cuentos. Para muchos niños, el quiosco fue una primera puerta a la lectura. Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Pulgarcito, revistas juveniles, cuentos baratos y publicaciones que pasaban de mano en mano hasta quedar dobladas y gastadas.
Y las pipas. Las pipas eran casi una banda sonora de la calle. Bancos llenos de cáscaras, chavales hablando durante horas y una bolsa que parecía no acabarse nunca.
Los quioscos de los parques
En Plasencia, como en tantas ciudades, los parques necesitaban su quiosco.
Un parque sin quiosco parecía incompleto. Faltaba algo. Faltaba ese sitio donde comprar un polo en verano, una bolsa de patatas, una gaseosa, un caramelo para el niño o el periódico para el abuelo.
Los quioscos de los parques eran testigos de muchas tardes: madres charlando, abuelos sentados al fresco, niños jugando, parejas paseando y pandillas que iban creciendo año tras año sin darse cuenta.
El quiosco veía pasar la vida entera del barrio.
Más que tiendas: personas
Lo más bonito de aquellos quioscos es que casi nunca se recordaban por el nombre comercial, sino por la persona que estaba detrás.
El de La Felisa.
El del Mocho.
El de la esquina.
El del parque.
El de enfrente del colegio.
El de la Plaza.
El de toda la vida.
Eso dice mucho de aquella época. Los negocios tenían rostro, voz y carácter. La gente no decía “voy a comprar al establecimiento”. Decía “voy donde La Felisa” o “voy al Mocho”.
Y en esa forma de hablar había cercanía, costumbre y pertenencia.
La Plasencia de antes
Aquellos quioscos pertenecen a una Plasencia más tranquila, más de calle, más de saludo y conversación.
Una Plasencia donde los niños jugaban fuera hasta que se hacía de noche, donde los barrios tenían vida propia, donde las plazas eran punto de encuentro y donde cualquier rincón podía convertirse en territorio de juegos.
El quiosco estaba ahí, viendo pasar generaciones.
Vio niños que luego fueron padres.
Vio padres que luego llevaron allí a sus hijos.
Vio cambios de moneda, de modas, de calles y de costumbres.
Vio cómo la ciudad crecía y cómo muchas cosas iban desapareciendo poco a poco.
Lo que se fue perdiendo
Con el tiempo, muchos quioscos cerraron.
Algunos desaparecieron porque cambió la forma de comprar. Otros porque la ciudad cambió. Otros porque sus dueños se hicieron mayores. Otros simplemente se fueron apagando sin hacer ruido, como tantas cosas de antes.
Y un día, donde había una ventanilla llena de caramelos, ya no había nada.
Donde había un congelador de helados, quedó una esquina vacía.
Donde los niños hacían cola, pasó a quedar solo el recuerdo.
Pero hay lugares que no desaparecen del todo mientras alguien los siga nombrando.
Una memoria que merece guardarse
Por eso hablar de los quioscos de chucherías de Plasencia es hablar de mucho más que de caramelos.
Es hablar de infancia.
De barrio.
De calles con vida.
De tardes sin prisa.
De monedas pequeñas.
De cromos repetidos.
De polos que se derretían en la mano.
De personas como La Felisa, El Mocho y tantos otros que formaron parte de la memoria cotidiana de la ciudad.
Aquellos quioscos fueron pequeños en tamaño, pero enormes en recuerdos.
Y quizá por eso, cuando alguien dice hoy:
“¿Te acuerdas del quiosco de La Felisa?”
o
“¿Te acuerdas del Mocho?”
No está hablando solo de un quiosco.
Está hablando de una Plasencia que olía a pipas, a regaliz, a papel de periódico y a verano.
Está hablando de una ciudad donde la felicidad, muchas veces, cabía en una bolsa de chucherías.
Te acuerdas de alguno mas?