Hacemos cosas que no hace nadie más en Guatemala! Yewe Tronski salió de su casa en Hungría en 1943 con un fajo de papeles bajo el brazo. Le habían dicho que no podía llevarse nada, pero pensó que podía esconder los papeles en cualquier parte porque no pesaban mucho, y le podían ayudar a ganarse la vida. Además no lograba ni siquiera imaginar ese tesoro abandonado encima de la pila de ropa, libros
y fotos que dejó encima de su cama. El fajo de papeles guardaba la memoria de los momentos felices de su familia; las celebraciones importantes. Allí estaba la receta del rollo de amapola que hacía que se le iluminaran los ojos a su papá cuando regresaba del campo en la tarde. También estaban los dibujos que la abuelita le mandó a su mamá recién casada en la gran ciudad para que aprendiera a cortar y formar los rugellach y la referencia a la cuchara de plata que se debía usar para medir las burecas, la misma que la bisabuela había usado siempre. Lo que Yewe no anticipó fue el largo tiempo que tuvo que cuidar sus amados papeles. El fajo de recetas sirvió de almohada en los asientos duros del tren a través de una Europa convulsionada. Después la ayudó a llegar hasta la ventana para ver el mar desde el buque inmenso que la llevó lejos del viejo continente. Sentada en él, sintió menos largas las colas interminables de trámites para inmigrantes. Más de alguna receta se gastó, se rompió o se manchó. Otras se fueron agregando a medida que Yewe pasaba de un oficio a otro y adquirieron nombres propios: las cebollas de Julia, el arroz de Luli, el relleno de Mageer, el pastel del sábado, el pavo de Troia. El fajo creció en proporción al tiempo que se detuvo en cada lugar y los márgenes de las hojas se llenaron de anotaciones, algunas como consecuencia de pruebas desastrosas y otras como sugerencias para la perfección. Pero todas las recetas estaban esperando, listas para ser disfrutadas, cuando les llegó el momento de brillar por su cuenta. Yewe encontró escritos allí sus recuerdos, y los bautizó como Delicias Caseras.