02/04/2025
Dicen que ser tortillero es un oficio, pero nosotros sabemos que es una condena hermosa.
No escogimos la tortillería, la tortillería nos reclamó. Nos encontró jóvenes, con manos torpes y sueños grandes, y nos enseñó a sangrar, a sudar sobre el fuego, a vivir entre quemaduras y cortes que nunca dejamos cicatrizar del todo.
Hacemos tortillas mientras el mundo duerme, trabajamos cuando todos celebran, y vendemos sonrisas aunque por dentro a veces estemos agotados. Nos levantamos antes que el sol y, cuando la última tortilla ha salido, aún nos queda limpiar, contar, planear, mejorar.
Porque si hay algo que un tortillero sabe es que nunca es suficiente. Las tortillas pueden estar buenas, pero mañana serán mejores.
Nos han visto como simples tortilleros, pero somos alquimistas de recuerdos. Lo que para muchos es solo tortillas, para nosotros es arte, disciplina, amor.
Hemos visto lágrimas caer en tortillas, carcajadas estallar con una mordida, silencios de placer que dicen más que cualquier palabra. Y ahí es donde entendemos que todo vale la pena.
Esta vida no es fácil. No es para todos. Pero para los que no podemos imaginar otra cosa, la tortillería es el único lugar donde el caos tiene sentido, donde el fuego que nos consume es el mismo que nos mantiene vivos.
Si esto te ha tocado el alma, si alguna vez has sentido que tu vida se mide en moliendas de nixtamal y kilos de tortillas, si sabes lo que es amar y odiar este oficio en el mismo día… entonces, hermano, hermana, bienvenida a la legión de los que viven por la tortillería.
Porque ser tortillero no es un trabajo, es un destino.