08/10/2026
El dolor necesita espacio y tiempo para expresarse. Hay heridas que no sabemos explicar y lágrimas que hemos contenido por demasiado tiempo. Por eso, cuando algo nos duele, necesitamos permitirnos sentir, hablar y reconocer lo que estamos viviendo. Jesús también lloró ante la muerte de Lázaro a quien amaba (Juan 11:35)
A veces, el alivio comienza cuando alguien simplemente nos escucha. Una persona que permanece cerca, que nos permite hablar sin juzgarnos ni apresurarnos a estar bien, nos ayuda a llevar la carga. Escuchar con amor también es una manera de acompañar y consolar.
También necesitamos momentos de quietud para reflexionar, ponerle nombre a lo que sentimos y comprender cómo nos ha afectado lo vivido. Apartarnos por un momento puede ayudarnos a ordenar el corazón, sin dejar de recibir el cariño de quienes desean acompañarnos.
Y cuando expresamos nuestro dolor delante de Dios, encontramos refugio. El Salmo 62:8 nos invita a abrirle el corazón y confiar en Él. Podemos acercarnos con preguntas, con tristeza y aun cuando apenas nos alcanzan las fuerzas para orar. Él conoce lo que nuestras palabras no logran expresar.
Date tiempo. Busca a alguien que te escuche y lleva a Dios lo que te duele. La sanidad puede llegar poco a poco, mientras recibes consuelo, comprendes tu herida y recuperas la esperanza. Dios permanece cerca de ti, también en los días en que todavía lloras.