24/07/2026
Y se verán cosas peores!!
Hay una generación que aprendió a organizar su tiempo alrededor de todo menos de las personas que más lo necesitan. Que tiene horario fijo para pasear a la mascota, que planea con anticipación las salidas al parque, que nunca falta a la cita del veterinario, pero que apenas encuentra diez minutos para visitar a un padre que envejece solo en una habitación que no reconoce como su verdadero hogar. Y esa contradicción, aunque incomoda, se ha vuelto tan común que ya casi nadie la cuestiona.
Los hijos crecen en guarderías desde los primeros meses de vida porque los padres tienen que trabajar, y eso muchas veces es una necesidad real, no una elección egoísta. Pero después esos mismos padres, cuando llegan a la vejez, terminan en un asilo porque a sus propios hijos ya no les queda tiempo, o paciencia, o simplemente ganas de sostener el peso de cuidar a quien los cuidó primero. Y en medio de esas dos ausencias, aparece el perro, paseado con devoción, cuidado con esmero, tratado con una atención que muchas veces ni los abuelos ni los hijos pequeños reciben con la misma constancia.
No se trata de culpar a quien tiene una mascota ni de decir que cuidarla esté mal. Se trata de preguntarnos en qué momento las prioridades se invirtieron tanto que resulta más fácil sacar tiempo para un animal que para las personas que nos dieron la vida o para los hijos que apenas empiezan la suya. Un perro no reemplaza el vacío de un abrazo de un padre anciano ni sustituye la presencia que un niño pequeño necesita en sus primeros años de formación.
Esta generación tiene la oportunidad de detenerse y revisar qué está sosteniendo con tanta dedicación y qué está dejando de lado sin darse cuenta. Porque el tiempo que no se le da a un padre no regresa, y los años de la infancia de un hijo tampoco se recuperan después. Las prioridades se demuestran con el tiempo que se entrega, no con las palabras que se dicen sobre cuánto se ama a la familia.