23/11/2025
👑 Jesucristo Rey del Universo
Hoy en las primeras vísperas la Iglesia contempla a un Rey distinto.
Un Rey sin ejército, sin coronas de oro, sin poder que aplaste.
Un Rey cuyo trono es una cruz y cuyo reinado es misericordia pura.
Celebramos las primeras vísperas de Jesucristo Rey del Universo,
y con esta fiesta cerramos el Año Litúrgico del Ciclo C.
Es como llegar al final de un camino y detenernos un instante para decir:
“Señor, Tú has sido Rey incluso cuando yo estaba perdido.
Tú has reinado en mis pasos, aun cuando yo no lo vi”.
Porque esta solemnidad no es una coronación…
es una revelación:
Dios reina desde abajo, desde la entrega, desde el amor que no se cansa.
Un Rey que vence amando desde lo más hondo
Desde la cruz, Jesús reina de un modo que desconcierta.
Su autoridad es servicio.
Su poder es ternura.
Su victoria es entregar la vida.
Es un Rey que no huye del dolor humano,
que no baja de la cruz para demostrarse fuerte,
sino que se queda para sanarnos desde dentro de nuestras propias noches.
Este Rey no exige… invita.
No aplasta… levanta.
No reclama… ama.
Hoy, antes de comenzar el Adviento, es bueno detenernos un momento y mirar hacia atrás:
– ¿Dónde me habló la Palabra durante este año litúrgico?
– ¿Qué domingo, qué rostro de Jesús me marcó más?
– ¿Qué luchas atravesé y Él me sostuvo?
– ¿En qué pequeños gestos experimenté que Cristo reinaba sin que yo lo supiera?
Hacer memoria es rezar…
y agradecer también es reconocer que Dios ha reinado incluso donde yo no tenía fuerzas.
Esta fiesta quiere tocarnos por dentro.
Nos invita a preguntarnos con sinceridad:
– ¿Dónde necesito dejar entrar a Cristo Rey?
– ¿En mis miedos?
– ¿En mi historia que no he terminado de aceptar?
– ¿En mis relaciones heridas?
– ¿En mis decisiones que vengo postergando?
Él no quiere un reino perfecto, quiere mi corazón real.
Hoy estamos en un umbral.
Cerramos un año litúrgico,
y ya podemos oír, como un eco suave, la voz de Aquel que vendrá en Adviento.
Un Rey en la cruz…
y un Niño en el pesebre.
Así reina Dios:
desde la humildad más radical,
desde la pobreza que libera,
desde la ternura que inunda.
Antes de terminar, toma una decisión espiritual concreta.
Algo pequeño, real, alcanzable, que prepare tu corazón:
ofrecer un minuto de silencio diario,
renunciar a un resentimiento,
reconciliar una relación,
cuidar más tu oración,
leer el Evangelio del día,
visitar a alguien que necesita consuelo.
Elige una sola cosa.
Entrégasela al Rey.
Y dile desde dentro:
“Jesús, Rey humilde y verdadero: reina en lo que soy, en lo que busco, en lo que temo y en lo que deseo.
Te entrego este año que termina… y me abro al que comienza contigo, lleno de esperanza”.
Mirza Deras, r.a